jueves, 21 de septiembre de 2017

PULULAN COMO RATAS

Luna Azul Ediciones

Están en todos lados: son como ratas. Proliferan al menor descuido.  Los ves en los talleres: no están ahí para compartir, para conocer a otros con sus mismos intereses, ni siquiera para aprender o pulir sus destrezas. Están ahí para que los demás descubran su genio. Para que el mundo corrija su agravio y empiece a enterarse de algo que desde hace rato debía de resultarle obvio: ellos van a cambiar la literatura.

¿De dónde salen? Ese es un misterio interesante. Habría que consultar a psicólogos y sociólogos. El ego opera con mecanismos complejos. ¿Cuántas carencias acumula alguien antes de necesitar construirse una máscara de supuesta perfección? Lo más duro, lo más desagradable y aburrido, es que muchos de estos especímenes ni siquiera tienen talento. Entonces, claro, afloran los mecanismos de defensa: el no insistir, el decir que todo es una mafia, que solo publica el mismo grupito de siempre, que qué carajo le vieron a ese que ganó tal premio.

Pero hay algunos, claro está, que sí tienen algo de talento. Si temen que su máscara se quiebre, se esconden detrás de postulados cómodos: no hay tiempo para escribir, los niños me desconcentran, quién puede focalizarse en un país así.

Las excusas son el argumento del miedo.

Sin embargo, están los que tienen talento e insisten. Y aún así –oh, sorpresa– siguen actuando como si el mundo les debiera algo. Te ven con recelo: ¿no te das cuenta de su genialidad? Y ni se te ocurra decir que algo que escribieron no te gusta: ¿quién-carajo-te-crees-tú-para-juzgar-el-arte-genuino? ¡Ignorante!

Que trabajo tan complicado tienen los editores. Al final del camino, son ellos quienes tienen que lidiar con personas así. Sería ingenuo, por supuesto, suponer que los editores son seres inmaculados que brillan de humildad. Imagino que un choque de egos entre autores arrogantes y editores sabelotodos debe de ser algo así como una discusión entre un evangélico y un vendedor de Herbalife. Un choque de titanes. Pero eso no es el caso que nos ocupa hoy, sino otro: el de esos autodenominados genios, artistas brillantes, que ponen su talento y esfuerzo en manos de un mortal porque así funciona esta industria; y entonces, como si no se diera cuenta de su clase social, la persona en cuestión osa corregir su texto.

¿Qué?

¿Quién le dijo a ese enano barrigón o a esa vieja fea, que ellos mandaban su trabajo para que lo corrigieran? ¿Que no se dan cuenta, acaso, de que más bien tienen el privilegio de disfrutar de su genialidad?

Están en todos lados, dije: son como ratas. Proliferan al menor descuido. Los ves, también, peleando con editores. Sintiéndose dueños de todas las verdades, creyéndose que en toda su vida solo se han equivocado una vez: cuando creían que se habían equivocado. Y están ahí, se me ocurre, para mostrarte lo necio y estúpido que te ves cuando te niegas a escuchar.

Luna Azul Ediciones