viernes, 8 de septiembre de 2017

FUE PERFECTO

Luna Azul Ediciones

Empiezas a leer. Una palabra, una línea. Sorpresa: no hay error. Todo suena bien, armonioso. ¿El día cómo está? Da lo mismo, tú llevas rato en un cuarto aislado, escribiendo bajo el silencio que dejan tus palabras al caer. ¿El clima? Qué importa. No sientes nada sobre tu piel, solo esa leve ansiedad mezclada con la fatiga de pulsar teclas. Es como si tus poros tuvieran corazones que latieran de forma insegura: ¿lo hiciste bien?, ¿lo hiciste mal? Justo ahora lo estas averiguando.




Sigues leyendo. Segunda línea. ¿De verdad tú escribiste eso? Está muy bueno, muy bueno, piensas. Pero aplacas el optimismo. Sabes cómo es eso: la idea te parece maravillosa, le das vuelta y escoges una estructura con la que te sientas conforme. Luego, te sientas frente al teclado. Abres una página en blanco de Word y empiezas a pulsar teclas. Una tras otra. Una tras otra. Así por un buen rato. ¿Y después? Después haces lo que andas haciendo ahora: revisas. Y nueve de cada diez veces es un desastre. Un verdadero desastre. O no. La verdad es que eres un poco fatalista: con un retoque aquí, acomodando este error de tipeo, mejorando esta oración y eliminando este adjetivo, la cosa va a verse bien. Al menos, piensas con regularidad, estará decente para mostrársela al editor, al corrector, a tu pareja, colega, amigo o a quién sea que quieres que te dé una primera opinión sobre el texto. Pero una de cada diez veces pasa lo que está pasando ahora: ¡de verdad te gusta lo que lees! No ves ni siquiera un error de tipeo. Te encanta. Sabes, en lo profundo de ti, que algo bueno sucedió para que esas palabras se aglomeraran de forma tan bonita sobre la hoja digital. Algo bueno que no puede ser más que una excepción: la excepción que confirma la regla. Y te sientes bien, de verdad te gusta el texto. Llegas al punto y final. Tu cara es de satisfacción. Ves la hora. Qué temprano, piensas. Planeabas tardarte más. Estás acostumbrado a las jornadas espartanas, a pasar horas peleando con un sustantivo. A quitar y poner la misma coma de forma reiterada durante horas. Pero esta vez sientes que no es necesario todo eso. Haz dado en el clavo al primer intento. O eso crees. Ni siquiera te provoca mandarle el texto a tu editor, al corrector, a tu pareja, colega, amigo o a quién sea que suela darte una primera opinión sobre lo que escribes. No te provoca mandárselo a nadie porque tienes muchos escritos sobre los que dudas, escritos que deberán pasar por sus garras demoledoras, pero este no es uno de ellos y es mejor cuidar el tiempo. Quizá –y lo sabes, lo tienes claro: es hasta muy probable– cuando alguien lea lo que acabas de escribir note algún detallito, un sucito por allá, vea los trazos que son mejorables. Puede pasar, sería lo normal. Sin embargo, no te importa. Por primera vez en mucho tiempo sientes que algo te salió bien y rápido sin tanto dolor de cabeza. Al irte a dormir pensarás que el día fue perfecto.

Luna Azul Ediciones