jueves, 17 de agosto de 2017

CUANDO LOS PERSONAJES COBRAN VIDA


Llueve en Plaza Venezuela. Tengo dos bolsos guindados en la espalda y sostengo una caja que ya me pesa demasiado. Espero un taxi en la parada de Taxi Móvil. Supuse que coger un carro ahí sería un trámite menor, pero me equivoqué. Luego de unos 15 minutos, aparece un taxista. Lo conozco, es Carlos Villarroel, quien participó en una crónica que publiqué hace meses en Clímax: Memorias de un taxista nocturno. Le digo hacia donde me dirijo. Me dice que suba. Le pregunto si se acuerda de mí y me responde que no. Le cuento quién soy y sonríe. “Coño, claro. Ahora sí”. Nos ponemos al día. Después de un rato me pregunta si me acuerdo del señor mayor que entrevisté para la crónica: Jorge Daboín, su papá.


Cuando vi a Jorge Daboín, una de esas noches en las que todos prefieren usar suéter, pensé que tenía delante a un veterano orgulloso. Me comentó, en ese entonces, que era el único de los socios fundadores que seguía en la línea. Es decir, tenía más de 40 años rodando las calles de una ciudad que engulle personas a velocidad de crónica de guerra. Aunque aseguró estar bien jodido de salud, su espalda se mantenía erguida desafiando la lógica: ¿cómo hacía para no irse de boca con una barriga en la que cabrían al menos tres bebés? “Yo he visto tantas cosas… como para escribir un libro. En la calle se aprende mucho”, dijo Jorge. Y no se podía rebatir la sentencia. Al menos no yo, que no había escapado de la muerte tantas veces como él. “Al ladrón no hay que tenerle compasión. Al que te va a hacer daño a ti hay que joderlo, ¿me entiendes?” Me dio escalofríos saber que ese hombre necesitaba asirse de ese axioma para afrontar su rutina. “Aquí las mujeres te dan un besito y por otro lado se van con otro. Es mentira que hay fidelidad. Estar creyendo en eso es para los pendejos”. Jorge, como si yo fuese un nieto querido, me expuso una retahíla de consejos sobre mujeres, matrimonio, cortejo y mentiras.

También, y eso fue lo que le dio cuerpo a mi relato, habló de los compañeros de la línea que habían sido asesinados. “Tú tienes que hablar con la gente, pasarles el escáner. Si el corazón te dice a ti que no lo lleves, no lo lleves porque si no te van a joder”.

Carlos, varios meses después, me dice –desde el interior de su carro y rumbo a mi destino– que a su papá, a Jorge, lo mataron el mes pasado.

El hombre que llevaba años golpeando la calle apareció con varios hematomas –en la Autopista Regional del Centro– dentro de un vehículo. Lo asesinaron, según el informe, por medio de repetidos golpes.

La narrativa de no ficción me seduce por muchas cosas. Como creador, me permite salir del encierro de mi casa, sumergirme en las realidades que me circundan y pararme sobre diversos puntos de vista a hechos reales. Cuando escribo no ficción, procuro que las personas se conviertan en los personajes de mi relato. La historia, llevada al papel, aunque verídica, cumple con ese cliché que dice que el narrador es un pequeño dios que mueve los límites de su anécdota. Porque aunque mis personajes tienen libre albedrío, soy yo quien pone los límites y reduzco todo lo visto a lo que quiero contar. Pero a veces los personajes salen del papel para abofetearte con una realidad que supera lo escrito, que desconoce las leyes –si es que las hay– de esa extraña jungla llamada literatura. Los personajes, a veces, cobran vida. Y un día cualquiera, cuando crees que cargas una caja muy pesada, te consigues con que aquel tipo que sospechaste que le daría fuerza a tu crónica ya no está. Que el soberbio que explicó a un desconocido cómo no morir en las calles murió, precisamente, en la calle. Te encuentras con que la vida es así y qué se le va a hacer. Pero, sobre todo, chocas con la rebeldía de los personajes, un mal que se padece tanto en la ficción como en la no ficción. Y tú, que dices leer para comprender al mundo, ya no entiendes nada.

Jorge Daboín fue asesinado. Y yo no sé muy bien cómo me siento.

Luna Azul Ediciones