viernes, 11 de agosto de 2017

PORTADAS

LUNA AZUL EDICIONES

Me llevo mal con los extremos y con cualquier forma de radicalización. Es cierto: la belleza que yo aprecio en los otros seres humanos escapa de la tiranía de la industria de la estética. Las palabras hablan con el corazón, mientras que el cuerpo convertido en santuario a veces solo hace un guiño al ojo. Que es como decir que las palabras son drogas que te sumen en la placidez. Y la carne, pura y sin sal, puede llegar a ser mero colirio para relajar la pupila. Un colirio que la memoria olvida en segundos.

Es cierto, esas ideas suenan bien. Pero el otro extremo, el extremo al que las han llevado los radicales, me hace ruido. El asunto de la belleza interior que puede venir en un frasco haraposo, con hedor a axila y a pedo, con el cabello empastado de mugre. Ese cuento, ese extremo, no va conmigo. Porque, aunque no venere el cuerpo como un santuario, sí creo que es una herramienta: una herramienta que hay que cuidar, limpiar y a la que no creo que haga daño tener linda y arreglada. Todo eso lo pienso cuando voy a las librerías. Me dijeron desde chico que no juzgara un libro por su portada. La sentencia tiene sentido: con frecuencia los dibujos llamativos o cuerpos desnudos en las cubiertas buscan camuflar la prosa insulsa de cualquier libro con más aspiración de bestseller que de arte honesto y genuino. Al revés, sé de muchos libros de precio que luce módico cuando se pone en una balanza con su valor infinito. Esos que cambian vidas, que dejan huella, de los que sacas pasajes para enseñarles a quienes más quieres. Sé de libros así con cubiertas que más que aburridas parecen diseñadas por salir del paso, como si lo de afuera no importara, como si el ojo no mereciera también un poquitín de colirio. Por eso creo que lo de que no hay que juzgar a un libro por la portada tiene sentido. Pero si yo soy el autor de ese libro, y sé que existe el mínimo riesgo –así sea el uno por ciento–, de que un desprevenido se atreva a juzgarlo por la portada; o que existe la posibilidad de que entre las miles de publicaciones que hay en las librerías, un incauto se detenga frente a él solo porque le llamó la atención el diseño externo; si sé que lo primero y lo segundo es posible, digo, me gustaría que mi libro tuviese la mejor portada. La más llamativa, la más impactante, la que capte de mejor forma parte del espíritu con el que escribí cada palabra. Me gustaría levantarme en las mañanas, ver mi libro y pensar qué bonito. O que cuando se lo regale a alguien, esa persona lo acaricie con sutileza tratando de descifrar los dibujos que lo recubren. Es que sí, yo creo –sin la más mínima duda– que lo más importante está dentro, y que es ahí donde hay que poner el mayor esfuerzo, las más honestas ganas y todo el compromiso del que sea posible hacer acopio. Todo eso lo creo con firmeza, así como también me parece que con unas puertas bonitas y bien cuidadas es más fácil llegar a ese prometedor mundo interno.


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