jueves, 27 de julio de 2017

TIRANOS

Luna Azul Ediciones

Me asomo por el balcón. Me gusta ver a la gente, observar la calle. Luego de unos minutos, me doy vuelta. Y ahí está. Gorda, fea, asquerosa. Junto a la puerta, una cucaracha, boca arriba, mueve sus patas tratando de girarse. La imagen me perturba: siento que algo sube por mi garganta dispuesto a salir. Me controlo, respiro. Un dicho machista –muy machista– explica que hombre es hombre hasta que las cucarachas vuelan. Yo soy yo hasta que veo una cucaracha.

Siempre he sentido por esos insectos una especie de repulsión que deviene miedo. Su sola presencia me hace sentir sucio, como si me llevara un pedazo de mierda a la boca. No las tolero. Y esta, que está enfrente de mí, es demasiado grande. Si no fuese un insecto diría que tiene varios kilos de más. Como esa opción es inviable, seguro que está embaraza. Planea reproducirse. Millones de cucarachitas creciendo y comiendo en la oscuridad. En la casa. Un escalofrío me recorre. Voy para la cocina. Agarro una bolsa y me cubro la mano con ella. Tomo un pedazo de toallín. Voy al balcón, abro la ventana. Mi enemiga –la repudiable intrusa– hace algo que me da pánico: existe. Y por existir, entonces, la considero una terrorista. Pero hoy estoy benévolo: no quiero ver ese cadáver desparramado. Me dispongo a agarrarla con el toallín que sostengo con la mano cubierta por la bolsa. Trato de manipularla, sin ver, pero es difícil. Cuando echo un ojo, la muy hija de puta se zafó de mis tenazas. Recorre el toallín rumbo a mi mano. Así, campante. Como si yo le hubiese dado permiso de existir. Es el acabose. El no va más. Suelto todo con un impulso natural, subconsciente. Pensar que solo una bolsa delgada separó las patas de esa gorda horrible de mis manos me perturba al punto de arrecharme. Eso: el miedo se convierte en rabia. ¿Rabia por qué? Porque se supone que soy más grande, más fuerte, más inteligente, más culto, más desarrollado. ¿¡Cómo es posible que una puta cucaracha embarazada me ponga en aprietos!? Los ojos se me nublan. Mi cuerpo ahora se gobierna solo. El animal, la bestia, el monstruo, reposa en su posición natural en la misma esquina. ¡Ni siquiera huye! Alzo la pierna lo más que puedo. Estoy en piloto automático. Dejo caer el pie con una violencia –una fuerza, una rapidez– que me desconocía. Suena como si un globo acabara de explotar. Un globo crujiente. El eco rebota por toda la casa. Cuando separo el pie del cadáver, veo los restos de la cucaracha: una barajita desmembrada pegada al piso. Jadeo. Es la resaca de la ira. Salgo del balcón. Mientras tomo la pala y la escoba, pienso en que así nacen los tiranos. Primero, no toleras al otro. Su presencia te asquea. Luego, te da miedo: la existencia de ese ser genera cosas inexplicables en ti. Del miedo pasas a la rabia, ¿por qué si eres superior esa cosa rara te hace perder los estribos? Y, por último, te sientes en la legitimidad de acabar con quien sembró terror en ti, en “el terrorista” que solo estaba boca arriba tratando de darse la vuelta, quizá para encontrar un buen lugar para parir, como hacen todas las especies. Mientras empujo los restos de la cucaracha hacia la pala, me sobresalta un pensamiento: ¿así se sentirán los represores?

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