jueves, 20 de julio de 2017

REBELDÍA

Luna Azul Ediciones

Me llama la atención las razones que las personas encuentran para vivir. En un mundo tan podrido, y con tan pocas señales que hagan pensar en una mejoría de aquí a cien años, ¿cómo nos las apañamos para ser felices? Eso me llama la atención. Y también, claro, por qué aguantar. Sé que Lionel Messi se inyectó todos los días en su infancia y adolescencia, que se adaptó a la cultura española mientras añoraba todo de la argentina, pero lo hizo con una convicción ciega en su talento. Sé que Gabriel García Márquez decidió escribir así se muriera de hambre, y, aunque estuvo en serios aprietos económicos, había quienes opinaban que sus letras darían de qué hablar. Sé que Lio y el Gabo dudaron, en algún momento, de sus posibilidades, aun teniendo el talento que tenían. ¿Pero qué esperanzas de dedicarse a componer canciones podía albergar un chico que aún en la adolescencia era analfabeta? Habría que preguntarle a Facundo Cabral, por ejemplo. Es que, no sé, yo en el mundo veo millones de motivos para desistir, para el suicidio, para claudicar; y tan poquitos para seguir adelante, que me llama la atención la gente que aguanta.




Debe de ser que los pocos motivos para resistir pesan bastante.

El año 2017 ha sido el más cruento que recuerde de Venezuela. Y apenas va por la mitad. Más allá de las experiencias personales de cada quien, son escasos los estímulos esperanzadores que inviten a pensar en que el país avance y supere a la narco dictadura que lo aplasta. Tras 18 años de intentos e intentos por frenar una debacle anunciada, cuando el chavismo-madurismo-oloquesea arribó al presente año lo hizo ondeando la bandera de la destrucción: los peores temores fueron superados, una cuerda de malandros psicópatas que ostenta el poder llevó al extremo su vileza.

Y aún así, miles de personas colman las calles cada semana para evitar que el monstruo termine de devorarnos. La bestia, inconmovible, exhibe sus dientes y mata, muerde y traga a todo el que se le oponga. En vez de amedrentarse, millones de personas salieron a votar el pasado domingo 16 de julio en una consulta no oficial organizada por la oposición, para demostrarle al mundo que quienes queremos que los malandros psicópatas y su séquito se vayan somos mayoría. Para demostrarle al mundo que aquí hay civiles que aún tienen fe. Aunque el chavismo-madurismo-oloquesea haga de todo por arrebatarla.

El domingo vi sonrisas entre los votantes. Un ánimo que contrastaba con el luto y la confusión de las semanas previas. Vi a personas dispuestas a manifestarse, a alzar la voz, a ejercer la última de sus libertades –la que nada ni nadie le puede arrebatar a un ser humano– asumiendo una actitud de esperanza de salir del hoyo y de oposición a los tiranos. Los monstruos han sembrado el odio y el miedo para someter. Matan impunemente y legalizan sus trampas. Para hacer frente a esto, siete millones y medio de personas, sin violencia, se pusieron el traje de rebeldes para gritarle a la “autoridad” que sí quieren un cambio, que sí quieren que se vayan todos los ladrones, que sí están dispuestos a defender sus derechos –aunque se los violenten día a día.

Yo no sé cómo se recordará esta etapa del país, pero me gustaría que la narrativa enalteciera una de las historias más intensas de estos 18 años: la de millones de civiles que, sin poner la otra mejilla, aguantaron las más cruentas tempestades con la rebeldía del que se niega a servir su vida en bandeja de plata.

Luna Azul Ediciones