jueves, 13 de julio de 2017

AMIGOS

Luna Azul Ediciones

Siempre me pareció curioso que Gokú, quien pasaba años aislado entrenando, recibiera tanto afecto de sus seres queridos. El protagonista de Dragon Ball pretendía ser cada vez más fuerte y nada lo distraía por demasiado tiempo de su meta. Familia y amigos entendían esto y hasta lo usaban en su beneficio: cuando había problemas, cosa que para el bienestar de la serie sucedía con frecuencia, sabían a quien llamar.


En alguna entrevista, Jorge Luis Borges compara la amistad con el amor, digamos, romántico. De la primera dice que no necesita del contacto diario para mantenerse fresca: a algunos de sus mejores amigos solo los veía un par de veces por año. ¿Es suficiente un trato tan esporádico para mantener verde la relación entre dos personas? Puede que si las raíces son fuertes, baste una cerveza para que dos entrañables amigos se desgajen en conversaciones afectuosas.

Pienso en eso cada vez que el trabajo y las limitaciones del país me aíslan. Pienso en eso y en las declaraciones que alguna vez le escuché a José Manuel Rey, quien dijo que uno de los mayores sacrificios inherentes a su carrera de futbolista profesional fue dejar de asistir a fiestas, a reuniones y que los amigos entendieran que no siempre podía cumplir con todos los encuentros pautados. Que vivir de lo que amaba –de su pasión, como diría Guardiola– demandaba un precio que debía estar dispuesto a pagar.

Pienso en todo eso, pero también en lo bueno que son los amigos. Y en que la amistad es una de las cosas más dulces, ricas y apetecibles, que he encontrado en la vida. Puede que porque me costara hallarla en una forma que me hiciese sentir satisfecho, tanto que después de hacerlo me brillan los ojos cuando me mencionan a un ser querido. Puede que porque, al ser un bicho raro, las contadas personas con las que me abrazo sin usar muchas máscaras llenan de alegría mis minutos. Pero también, me parece, puede que sea porque lo que decía Borges es algo muy mágico.

Por nuestros respectivos deberes, aislarse durante meses de amigos queridos es una posibilidad que se ha vuelto rutina entre mis afectos; pero basta que surja un problema, que se necesite que alguien eche una mano, que el barco experimente complicaciones, para que aparezcan montones de salvavidas sonrientes diciéndote cuenta conmigo.

Así, tan desinteresadamente, como si nos viésemos todos los días.
El lugar común habla de lo importante que es tener con quien festejar. Me suscribo a él: el gozo de un triunfo se paladea mejor en compañía. Pero más importante, creo, es tener con quien pasar los abundantes tragos amargos, con quien surfear las olas altas y a quien llamar cuando todas las líneas parecieran desconectadas. Ahí pienso en Gokú, que, aunque tenía bien claro cuál era su sentido de vida y nada lo distraía de eso, sabía volver a recargar baterías junto a sus seres queridos. A disfrutar de ese delicioso pedazo de vida.

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