jueves, 6 de julio de 2017

EL LIBERADOR PODER DEL NO SÉ

Luna Azul Ediciones

Abres los ojos. Agarras el celular. Ves la hora: te preguntas por qué duermes tanto. Sería maravilloso ser una máquina que ni bostezara ni sintiera rugir su estómago. Pero qué se le va a hacer. Vas al baño. Te miras en el espejo. ¿Esas ojeras cuándo se te van a quitar? Quién sabe.


Abres el grifo del lavamanos. Ups. Cierto: está dañado. ¿Y entonces? Lo de siempre, agarras un tobito y sacas agua de un tobo de dimensiones mayores. Sales del baño entre bostezos. ¿Qué vas a desayunar? No quieres pasar mucho tiempo cocinando, el trabajo te espera. Tampoco puedes comer en la calle, no es sensato gastar tanta plata en esta hiperinflación. ¿Qué harás? Piensa rápido, el reloj corre. Agarras unas frutas, montas una arepa que más adelante rellenarás con queso. Comes. Te vistes. Elegir ropa es más fácil: entre lo que está limpio y lo que conviene para ir a trabajar el universo de posibilidades se reduce. Sales. ¿Metro o autobús? ¿Y por qué no tu carro? Coño, sigue sin funcionar. ¿Cuándo encontrarás el repuesto? Y si lo encuentras, ¿cómo harás para comprarlo? Metro, escoges el Metro. Una hora de viaje. Hay calor, huele mal. Son las 8:30 de la mañana. ¿Tu jefe se va a molestar porque llegues tarde? Depende: si la secretaria le dio el sí anoche, no; si la secretaria sigue prefiriendo al tipo de Recursos Humanos, sí. Qué frágil es tu empleo: depende de que una mujer que te aburre se acueste con un casanova que te repugna. El día transcurre con la pausa pegajosa de la oficina: hacer lo de siempre, pelear con los de costumbre, resolver las incompetencias ajenas y cada tanto hacerse el loco y abrir la novela de Mario Vargas Llosa. Y mientras, algún pasante que oye a Chino y Nacho (¿no dizque se habían separado?) en sus audífonos que se te acerca, a ti, el tipo-respetable-del-lugar, a preguntarte si eso que lees, esa Fiesta del chivo, es un manual de cocina. ¿Qué futuro le espera a la humanidad?, te preguntas. Pero antes de darle más vueltas al asunto te llega un nuevo tuit que verás desde la computadora (te robaron el Samsung Galaxy y no sabes cuándo podrás comprarte otro): el régimen venezolano, a través de sus esbirros de la GNB, asesina a otro estudiante que solo quería un país mejor. No importa, piensas, si la víctima era como el tarado que tienes en frente que escucha a Chino y Nacho (¿ahora no se escribe Chyno?, qué horror) o un competente ciudadano que piensa en otra cosa aparte de perrear. Era, sea como fuese, una vida. ¿Cuándo va a parar esta masacre? ¿Cuándo vamos a salir del yugo? El pasante que tenías enfrente ya se fue. Te cae mal, por muchas cosas, y te asalta la duda de que si en algún momento tienes hijos saldrán o no tan imbéciles como él. No lo sabes, pero tampoco sabes si te casarás, si Carlota dejará de jugar contigo –y si, como fantaseas en tus horas de torturas sin certezas, dejará también de jugar con los otros–. En fin, el día se agota entre menos y menos certezas. Llegas a casa, comes y te preguntas cómo hace la gente para tener una respuesta para todo. Tú ni siquiera tienes una respuesta para esa pregunta que te acabas de formular. Concluyes que el mundo está lleno de charlatanes, también de buenas personas (¿qué es una buena persona?) que no saben escuchar pero quieren echar una mano. Así todo es difícil, dices en voz alta y te pones a meditar. Una hora, no más. Abres los ojos: te duelen las piernas. Suspiras. ¿Te acuestas a dormir de una vez o lees un poco? Como nunca antes a lo largo del día te rebelas contra tu destino, contra los dogmas, contra todos. Sientes que estás a punto de dar el paso más importante de hoy. Una energía sale de tu estómago y dices, así, sin tapujos y con liberadora sinceridad: no sé. Gritas: ¡no sé! Y no tienes por qué saberlo. Al menos no hoy. Luego te vas a tu cuarto y te dispones a vivir una hora a la vez.

Luna Azul Ediciones