jueves, 29 de junio de 2017

LIBERTAD

Luna Azul Ediciones

Sospecho que el condenado Sísifo, aun cuando debe empujar siempre la misma piedra, puede darle un uso variado al tiempo. Quizá reflexione sobre la muerte, luego se entrene para contar de ocho en ocho en reversa desde un millón. Puede que tenga una vena de narrador, que nada le divierta más que armar historias e invierta sus horas –las que pasa empujando la piedra– en pulir anécdotas en su mente. Su margen de maniobra es amplio, aunque esté castigado a repetir una y otra vez la misma acción.

En su ensayo El hombre en busca de sentido, el psiquiatra Viktor Frankl escribe: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”.

Viktor Frankl sobrevivió a un campo de concentración nazi. Lo hizo para desarrollar una obra de valioso contenido para la psiquiatría. Y para pronunciar alentadores discursos. Si alguien que debió dormir durante años en una cama de dos metros y medio de largo por dos metros de ancho junto a otras ocho personas habla de que la vida, sin importar la circunstancia, debe tener algún sentido, conviene escucharlo.

¿Por qué las historias de varias de esas personas exitosas como pocas están llenas de dramas que deseamos que sean igual de excepcionales? El dicho popular reza que lo que no mata fortalece y, quizá, el que sobrevive al desierto adquiere recursos para construir castillos en casi cualquier lado.

Lo cierto es que son pocos los que atraviesan la arena sin morir. Y muchos los que cuando el sol los golpea empiezan a fallecer poco a poco. Puede que sea la mayoría a la que el contexto la obligará a un eterno peregrinaje. O si no eterno, al menos lo suficientemente largo como para que le robe unos cuantos años valiosos. “Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”, dice Albert Camus en el inicio de su célebre ensayo El mito de Sísifo. Y una cuestión filosófica pocas veces se vuelve tan práctica como cuando se está en medio de la nada. O peor: en medio de hectáreas de arena caliente. Pero el mismo Camus, al final de intensas exposiciones, cierra su texto imaginándose a un Sísifo que desafía y vence a los dioses: incapaz de dejar de empujar la piedra, decide hacerlo con la disposición de ánimo que se le antoje.

Del mismo modo en el que algunos de los más grandes políticos de la historia construyeron lo mejor de sus ideas estando en prisión.

Al igual que los tantos artistas que se abocaron a la creación cuando no podían paliar el hambre.

Tal como esos grandes altruistas que dieron lo mejor de sí en las más cruentas batallas.

Porque no siempre se puede cambiar el destino externo: no dependía de los prisioneros judíos salir de las garras de los nazis. Pero sí podían elegir la actitud que asumían en su encierro.


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