jueves, 22 de junio de 2017

EL PELIGRO DE LA VACUIDAD

Luna Azul Ediciones

En un programa de radio reproducen las declaraciones de un líder político. Cuando acaba el discurso, el locutor dice, enérgico, que fulanito o fulanita sí tiene las bolas para gobernar a este país. Acto seguido llevo mi mano derecha hacia mi pelvis. Me palpo por encima del pantalón. Resulta que yo también tengo bolas y que más de una vez me han repetido que “le echo bolas” a lo que sea. ¿Estoy preparado, entonces, para ser presidente?

Estando en primaria, recuerdo haber visto un debate entre políticos de Estados Unidos. Los argumentos, como constataría años después, defendían diversos planes de gobierno, estrategias para solventar problemas, exponían las fallas de las propuestas del rival. Lo que se decía podía ser una barbaridad, no lo sé, pero lo que me llamó la atención es que había una parte del mundo en la que los políticos hacían otra cosa distinta a berrear como animales en celo, gritar o insultar a su contendiente.

La cultura del echalebolismo me parece absolutamente inútil en el deporte. El entrenador que basa su discurso en un “échenle bolas” desnuda su incapacidad como estratega. A falta de ideas, la solución es correr y luchar y lo que sea que signifique echarle bolas. Tales banalidades, aunque escandalosas, son relativamente inofensivas mientras se mantengan dentro del mundo deportivo. Aunque los atletas forman parte de la cultura popular –por lo que sus ideas, acciones y métodos se convierten en referencia de cómo vivir, actuar y afrontar problemas–, es más preocupante que semejantes limitaciones de discurso caigan en boca de líderes, de gente que toma decisiones que condicionan directamente la vida de millones de ciudadanos.

Sería ingenuo, me parece, rebatir que la mentira es un recurso habitual en la política. Al menos los latinoamericanos estamos acostumbrados a votar no por los líderes más honestos, sino por los menos corruptos. No obstante, en la Venezuela en la que he crecido la mentira me parece una agravante secundaria y, quizá, hasta más inofensiva que la vacuidad. ¿Quién necesita inventar argumentos cuando no tiene ideas? En la competencia feroz por el poder se apela a sentimentalismos, a cuestiones étnicas, insultos y a un lo-mío-es-mejor-porque-yo-lo-digo-y-punto. Dejando de lado lo sexista que resulta hablar de bolas (propongo una versión femenina: “echarle ovarios”), por lo general se extrañan propuestas claras y definidas que permitan adherirse a un plan de gobierno.

Sé que Venezuela está en crisis, que de los malandros psicópatas chavistas-maduristas-oloquesea hay que salir ya sí o sí, pero se necesita más información. ¿Cuál es el objetivo inmediato con cada jornada de protesta? ¿Qué planes de contingencia hay para evitar ser asesinado por los esbirros del gobierno? ¿Existen otros medios para manifestar más eficaces que marchar o hacer plantones? ¿De qué forma, cuando se produzca un cambio de presidente, se hará frente a la inflación, a la inseguridad, a la escasez? ¿Cómo se mejorará el sistema educativo y se sanará la descomposición social? ¿Cómo se limpiará la corrupción en todos los niveles? ¿De qué forma las actitudes emprendidas hoy sustentan el plan de gobierno de mañana?

La mejor forma de distanciarse del proyecto fracasado que significa el chavismo es ofreciendo lo que nunca pudo ofrecer de forma clara, práctica y honesta: ideas.

Luna Azul Ediciones