jueves, 15 de junio de 2017

ABRAZAR LA VIDA

LUNA AZUL EDICIONES

Le pregunto a J cómo está. Responde: “Aquí, tú sabes. Sin agua, sin dinero, sin comida, sin poder salir porque todo está trancado, sin luz… ah, no: luz sí hay”. No lo dice con sorna, tampoco quejándose. Lo dice y listo. Podría jurar que hasta sonreímos.

Al siguiente día, en la tarde, cortan la luz durante una hora. Un recuerdo me atraviesa. Busco a J: “¿Te acuerdas qué respondiste ayer cuando pregunté cómo estabas?” Es inevitable: nos reímos.

Un viejo sketch del profesor Briceño, publicado en El Mostacho, se mofa de una especie de mantra que se repitió en Venezuela durante los diez primeros años del chavismo: “No podemos estar peor”. La ironía, claro, era que cada mes que pasaba el país se hundía más. Luego, la expresión fue mutando. Como quien huye de sus miedos, muchos repetían con sospechosa certeza: “Jamás llegaremos hasta eso”, en alusión a testimonios de otras crisis internacionales históricas. Imaginar que escasearía el papel tualé, el agua, el pan y la harina, llevaba a que una voz dentro de la cabeza silenciara las pesadillas con un tajante “¡Imposible!” Pero la realidad engulló las predicciones como un leviatán que se alimenta del horror. El estribillo volvió a mutar: “¡Y todavía no hemos tocado fondo!” El optimismo ciego que corría por las venas en la primera década del siglo XXI se transformó en pesimismo. El chavismo no solo logró la proeza de quebrar un país petrolero, también la de ensombrecer el talente festivo de una población amiga del jolgorio.

J no parece, a diferencia de otras personas que conozco, cerca de una depresión. Y eso que el país le ha cercenado la posibilidad de cumplir impulsos básicos: ir al cine, comer en la calle, comprar ropa, degustar dulces, salir con amigos. La frustración inherente a estas carencias sería capaz de aplanar la salud mental de muchos. Pero no la de J. Porque a falta de otras cosas con qué distraerse, con qué llenarse, su vida se reduce a lo estrictamente necesario: a lo que ama. O, al menos, a caminar hacia cualquier meta que se proponga.

Las crisis producen ejemplos de resistencia y resiliencia memorables. En el mundo, lo normal –porque es lo que hace la mayoría– es tratar de engañar a la muerte. Para cualquier persona clase media las distracciones abundan: tabloides, modelos, blockbusters, alcohol, drogas, fiestas, rutinas, dinero, trabajo porque sí, sexo porque sí, parejas y amigos y familia y vida social porque sí, etc., etc., etc. Lo que sea para no pensar que un día –quizá mañana, quizá hoy, quizá justo ahora– la muerte nos arropará con la única cobija que jamás podremos tirar al piso. Pero el enfoque cambia en las crisis. Los instintos más básicos de supervivencia se activan, pues el cuerpo siente la posibilidad de la muerte. O nota, de forma exagerada, la ruleta del sinsentido: duermo, trabajo, cobro poco, compro lo justo, peleo con alguien, me estreso porque no me alcanza el dinero, duermo y no descanso. Entonces, en medio de todo lo que eso significa, una pregunta brilla en el ocaso: ¿por qué no me suicido?

Quien encuentra una respuesta, deja de engañar a la muerte, deja de huir de ella y –quizá por primera vez– abraza la vida.
LUNA AZUL EDICIONES