jueves, 1 de junio de 2017

LIBERAR TENSIÓN: OTRA FORMA DE REBELARSE


Luna Azul Ediciones

Julieta ve películas. Mayanin hace yoga. Carlos duplicó sus sesiones de ejercicio, Daniel lo acompaña con más frecuencia a jugar fútbol sala. César escucha música. Arma llora viendo Grey’s Anatomy. Fabricio pasea a su hijo y Andrea se obsesionó con los documentales. ¿Yo? Yo empiezo cada vez más lecturas, me divierto con Los simuladores (el de Damián Szifrón, no las copias) y escribo. Todo eso ocurre mientras la dictadura en Venezuela se hace más represiva, el gobierno asesina a más inocentes, los colectivos salen a matar y robar con absoluta impunidad e impulsados por dirigentes chavistas, y los medios del oficialismo narran sandeces que son burlas a los venezolanos. ¿Julieta, Mayanin, Carlos, Daniel, César, Arma, Fabricio, Andrea y yo somos, entonces, ejemplos de miradas indiferentes?

Si bien alrededor del 80% del país adversa a Nicolás Maduro, dentro de ese porcentaje convergen muchos puntos de vista. Uno de los más peligrosos, me parece, es el que da lecciones de moral. Ese que adoptan quienes pretenden imponer sus formas de protesta a los demás, los que aseguran que “luchan por ti” sin conocerte, los que juran que sí o sí tienen la razón. Sulfuran cuando pillan que en la calle alguien está hablando del título de Serie A que ganó Tomás Rincón con la Juventus. ¿Cómo es posible que haya gente queriendo dormir ocho horas diarias mientras el viento trae detonaciones? Y ni hablar de los que pasan por encima de las barricadas para ir a trabajar.

Hay posturas desconcertantes. ¿No se supone que la lucha es, precisamente, contra el totalitarismo?

En un país que clama por democracia, pretender imponer un modelo de pensamiento único es copiar lo hecho por el gobierno. ¿Con qué derecho juzgamos las vidas ajenas y la forma que cada quien escoge para afrontar la tragedia? Se olvida que ningún atleta entrena 24 horas por siete días a la semana. Que los artistas que solo se dedicaron a la creación se volvieron locos. Que a la larga, un workaholic hace tanto daño como el más perezoso de los trabajadores.

Pretender un cambio usando más gónadas que neuronas es repetir el camino iniciado por Hugo Chávez en 1992. La profundidad de las ideas y su puesta en práctica son las que sostienen cualquier proyecto. Eso y la consciencia de que seducir es más efectivo que imponer. Para que las ideas afloren y los acuerdos prosperen es necesario mentes cuerdas. Personas que se mantengan en sus cabales. Será imposible construir un país en medio de delirios. Si se quiere evitar la absoluta insania mental, es necesario encontrar espacio para desconectarse de una realidad tan abrasiva y escalofriante. Descansar es una parte fundamental de cualquier trabajo: el corredor se detiene para, luego, arrancar con más fuerza. Si no relaja el cuerpo, los músculos se quiebran por la tensión. Entre tanta desdicha, juzgar la manera con la que cada quien evita ahogarse es ser partícipe de la intolerancia promovida por el chavismo. Si usted pertenece al 80% de la población que quiere un cambio de gobierno, comprenda que ver una película, leer, oír música, ver deportes o compartir con amigos ―bajo un sistema que ha hecho todo lo posible para imponer sus películas, sus lecturas, sus canciones, sus atletas y reducir los espacios para el esparcimiento― no es evasión: es resistencia.

Luna Azul Ediciones