jueves, 25 de mayo de 2017

LA COMPLICIDAD DEL SILENCIO

Luna Azul Ediciones

“El que calla otorga”, reza un dicho popular con el que casi nunca he estado de acuerdo. El que calla puede que solo piense, ceda, ignore, pondere, etc. A veces. Porque, otras veces, sino otorga por lo menos colabora con las voces represivas. Sobre todo en los puntos de quiebre, en esos en los que las palabras empiezan a herir y devienen acciones violentas. En esos en los que el tono de voz del opresor sube tanto de volumen, que la única forma de no dejarse aplastar por los decibles es hablando con la misma fuerza. Aunque, por su puesto, con otro mensaje.

Crecer, como dijo Fito Páez, es traicionarse. Al menos un poco. Es negociar, adaptarse a los cambios, flexibilizarse y aprender a hacer –solo de vez en cuando– lo que no se quiere hacer.

La Venezuela actual representa para mí un fracaso íntimo. Escribo, hablo y publico sobre esa cosa rara llamada “situación país”, sobre ese sucedáneo de política que tenemos y sobre las decisiones de los tiranos vestidos de rojo que siguen en el poder. Me toca oír, escribir, leer, pensar, reflexionar y decidir sobre eso. En voz alta, en redes sociales y medios. Yo, que creo firmemente en que el arte transciende las divisiones terrenales, en el que el deporte debe ser ajeno a la pugna de poderes, en que hay que tener cuidado al fijar posiciones. Pero todo tiene un límite. Y ese se cruzó hace rato en Venezuela.

En esa frontera que ya quedó atrás, la discusión mutó de ideologías y preferencias políticas al debate sobre el sadismo, la corrupción desmedida, la violación de los derechos humanos, el apoyo a unos asesinos que para proteger sus riquezas incluso matan a quienes alguna vez los votaron. Es una situación en la que es absolutamente imposible voltear para el otro lado, porque te cae una bomba lacrimógena en el pie, los policías golpean a tu vecino y detienen al viejito del quiosco, porque en el gobierno no hay dinero para comida ni medicinas pero sí para reprimir y hacer propaganda, porque el discurso oficialista condena la máxima expresión de democracia: el sufragio universal, libre, directo, igual y secreto. En un entorno así, callar, hacerse el loco o evitar fijar una postura, no solo podría interpretarse como una falta de respeto hacia las víctimas –que somos nosotros–, sino que ayuda a que la voz del tirano se imponga. En un país en el que los medios de comunicación, las instituciones públicas y la propaganda descarada, quieren silenciar a la mayoría de los ciudadanos que expresan su descontento, pretender la neutralidad no solo es ingenuo sino imposible. Quizá por primera vez en mi vida, en mi calidad de tímido e introvertido, estoy de acuerdo con un cliché: en el clímax de la lucha contra la dictadura, callarse lo que sucede es darle más armas a los represores.

Luna Azul Ediciones