jueves, 27 de abril de 2017

TODAVÍA QUEDA UNO QUE OTRO


LUNA AZUL EDICIONES


Mi mamá recibe mensajes pro gobierno-madurismo-chavismo-oloquesea en su teléfono. Es de la gerencia de un espacio público de su ciudad. Al mismo tiempo, lee en redes sociales que el régimen es responsable de otro muerto. Así se vive en dictadura, con dos mensajes que chocan. Uno que se adueñó de la mayoría de los medios de comunicación y otro, que todo el que viva dentro de Venezuela percibe en el día a día. Así se vive desde hace 18 años: con un conflicto de mensajes.


Mi mamá, pese a todo, todavía trata a algunos de los amigos chavistas que hizo en su época universitaria. No es un insulto que pone el autor: ellos mismos, aún en el 2017, se hacen llamar “chavistas”. El discurso de esos amigos es la ironía del resentimiento. En la universidad pelearon contra las “injusticias”. Ahora respaldan una de las más brutales represiones de la historia de Venezuela. Los hechos desmienten su retórica pasada. Más que repulsión por déspotas, sentían envidia. Protestaban porque otros estaban en donde ellos querían estar. Su venganza inició hace 18 años. El 95% de las víctimas éramos ajenas al conflicto.

O quizá estoy desubicado. Puede que la historia de esos amigos de mi madre –rostros que siempre me agasajaron– sea la tragedia de Anakin Skywalker. Jóvenes esperanzados que, poco a poco, se dejan seducir por el lado oscuro. El futuro salvador del universo degollando niños. El héroe que haría todo por amor ahorcando a su esposa. “Muere siendo un héroe o vive lo suficiente para convertirte en un villano”, se oye en The Dark Knight. El chavismo reescribió la fórmula: entrega tu vida para que los villanos vivan lo suficiente.

Puede que haya una tercera posibilidad. La de quienes se aferraron a una idea. Y fue tal su tozudez que soltarla equivale a cuestionar el sentido de su propia existencia. Hacer autocrítica a los cincuenta y dele años es pedirle demasiada madurez a quienes han validado un gobierno que mata estudiantes. Quien difunde las ideas de un tirano se mancha las manos de pólvora. Una vez que se aprieta el gatillo, es difícil volver atrás.

Una cuarta opción se me ocurre: a lo mejor solo son idiotas.

Respeto la determinación de mi madre para que las ideas, los mensajes, no rompan vínculos con olor a familia. Yo solía repetir que no discuto con fanáticos: ni de religión, ni de deportes, ni políticos. Es mejor que la relación humana no se friccione por el fervor de los apegos. La victoria de Hugo Rafael Chávez Frías y su séquito fue quebrarme: ya no puedo tratar a nadie que sea pro gobierno sin sentir que el aire se condensa sobre mi estómago. Lo lograron: acentuaron las divisiones.

Mi mamá, desde hace rato, anda molesta cada vez que lee mensajes del grupo de WhatsApp de esos amigos. Yo no podría ni siquiera chatear eventualmente con ellos. ¿Cómo saludar a quien defiende un régimen que cobra vidas y resta oportunidades? Cuesta imaginarse a un judío dándose la mano con quien habla bien de Hitler. Cada vez que alguien tergiversa las situaciones que todos quienes vivimos en Venezuela percibimos, siento que bailan sobre la tumba de los muertos. Que se burlan de mi amiga –excelente profesional, por cierto– que se ha desmayado varias veces en el Metro por no poder comer cómo es debido. Que se ríen de la señora que se suicidó antes de sufrir lo que significa luchar contra un cáncer en Venezuela. Que hacen morisquetas a todos los niños que Chávez juró sacar de la calle. Tomarme un café con ellos me hace sentir que le hago una fiesta a quien me violó.
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En el Factor humano, de John Carlin, se describe el temple que tuvo Nelson Mandela para entender que el rencor no era el camino para pacificar Sudáfrica. Como presidente, debía unir lo que el apartheid separó. Pero John Carlin, que conoció a Mandela, es un escritor astuto que hace bien su oficio. Develó a la persona por encima del personaje. La lógica de Nelson era sana, adecuada y hablaba maravillas de él. Pero había vestigios de rencor hacia quienes lo retuvieron en prisión, injustamente, durante 27 años. Que pudiera dejar eso de lado para ser el mejor presidente posible vale más que cualquiera de las guerras que emprendieron los próceres que, en pleno siglo XXI, siguen vitoreando los amigos de mi mamá.

Cuando la dictadura pase y sus protagonistas muten de lobo a cordero, cuando la literatura haga visible en el mundo el retrato de una época oscura, cuando los pocos que aún defienden al gobierno se vean a sí mismo enalteciendo la memoria de tiranos, qué difícil será darle la mano a los amigos de mi mamá. A los que son como ellos. Porque todavía queda uno que otro que se hace llamar chavista-madurista-oloquesea. Forman y formarán parte de la misma sociedad enferma que tendremos que rescatar. Y ahí se verá, como 18 años atrás, si estamos hechos de una mejor pasta que ellos. O si estaremos condenados a vivir en círculos.

Ni Paulo Coelho, Walter Riso, Depak Chopra, ni ningún gurú de autoayuda tendrá la respuesta a qué hacer con ese aire condensado sobre mi estómago cuando me toque ver a los amigos de mi mamá y no insultarlos. No habrá fórmulas mágicas para reprimir las ganas de caerle a coñazos a los “policías” que tanto odio han repartido. Ningún consejo será útil cuando esos que han comido de la basura durante meses quieran quemar vivos a los dirigentes chavistas. La discusión hace rato que no es de política ni de ideologías, sino sobre sadismo y violencia. Al llegar el momento de ver a los ojos a nuestros demonios, sabremos si de verdad lo que no nos mató nos hizo más fuertes.


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