jueves, 20 de abril de 2017

APRENDER A ESTAR SOLOS



LUNA AZUL EDICIONES
 “Que aprendan a estar solos y procuren pasar el mayor tiempo posible consigo mismo. Me parece que una de las fallas entre los jóvenes es que intentan reunirse alrededor de eventos que son ruidosos. En mi opinión, este deseo de reunirse para no sentirse solos es un síntoma desafortunado. Cada persona necesita aprender desde la infancia cómo pasar tiempo consigo mismo”, dijo el cineasta Andrei Tarkovsky cuando le pidieron que diera un consejo para los jóvenes.

Desde hace tiempo, aprendí a desconfiar un poco de quienes no saben estar solos. Sobre todo si son adultos. A verlos con distancia, a tratarlos con cuidado. Incluso, a esperar lo peor. El miedo a la soledad puede ser una máscara: nunca se está solo, a lo sumo se está con uno mismo. Si tú no quieres estar contigo, ¿por qué habrían de querer los demás?
Lo confieso: alguna vez, le tuve miedo a los monstruos debajo de mis ojos. Con el tiempo, tras conocer los ruidos de la adolescencia, aprendí a jugar ajedrez con ellos. Desde la más tierna infancia, eso sí, disfruté de mi compañía. Los momentos de gloria llegaban cuando mis padres me dejaban el apartamento a mis anchas. No hacía fiestas, no bebía, no probaba drogas. No se trataba de eso. Sino de que tenía un espacio para mí, para leer, escribir, ver películas, sentarme al revés en la silla. Tenía un espacio para poder cargar mis baterías, identificar mis fortalezas, mis miserias, hablar con mis monstruos y mis ilusiones. Para conocerme, pues.

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En la Plaza Los Palos Grandes, desde hace tiempo, ha aumentado la cantidad de mendigos. Al ser un sitio tan familiar, desentonan con una violencia de contrastes tan caraqueña que recuerda que, a estas alturas, nadie está a salvo de ser rozado por eso que llaman situación país.

Justo ahí –en donde he visto niños mendigando, una señora con un hedor solo superado por su aspecto y un esquizofrénico que cambiaba de personalidad cada minuto, una de las cuales ofrecía puñaladas, presencié una fiesta de cumpleaños perruna.

Unas 15 mujeres, de esas que llevan a su mascota a la peluquería y la adornan como si se tratase de una muñeca, se reunieron a festejar el cumpleaños de uno de sus animalitos. La parranda incluía una torta que, además de harina y vegetales, contaba con queso crema. La repostera se ufanaba: “La he preparado para tres cumpleaños y ha sido un boom”. Los perros se deleitaban con el manjar. Y no era para menos: sus paladares, me comentaron algunas mujeres, eran exigentes. Una de las “niñas” era fan de las panquecas de avena, la carne molida, galletas y papas con zanahorias. Eso me lo comentaban mientras otra de las dueñas sacaba unos gorritos de fiesta para los canes. Yo, para ser honesto, solo pude buscar en mi memoria a ver desde cuándo no compraba carne y queso crema. A unos metros de distancia, varios adolescentes pedían pan a una pareja y unos niños hurgaban en la basura.

Una de las señoras me buscó conversación con insistencia. Bueno, varias lo hicieron –quizá porque los perros dan cariño pero no hablan–, solo que esta se aventuró a confesarse. “Ella –la perrita– es la única que me espera. Mis hijos ya están grandes, andan en sus cosas. Mi marido se la pasa ocupado. Cuando llego a la casa, ella sale corriendo a recibirme. Está ahí, me da cariño”.

Lo cual estaría bien, al menos desde mi punto de vista, si no fuese porque en aras de buscar ese afecto llegó a la exageración. Hasta rozó el drama: hacer una fiesta pública para perros (Léase bien: perros) con paladar exquisito, cerca de donde había niños comiendo de la basura.

Por eso desconfío de quienes no saben estar consigo mismo.


LUNA AZUL EDICIONESSi bien es cierto que la compañía de otros enriquece, para que la misma sea productiva, me parece, quien la reciba debe estar preparado. Así como no es lo mismo el exilio que migrar, es distinto compartir con otros a huir de la soledad. La no aceptación de lo que guardamos en la intimidad implica, más adelante, ser esclavo de lo que nos negamos a conocer. Y, por otro lado, es estando solo consigo mismo cuando el ser humano crea, reflexiona e identifica sus gustos y pasiones.

Quien huye del silencio corre el peligro de quedarse sordo gracias al ruido.

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