jueves, 6 de abril de 2017

EL AGUANTE


LUNA AZUL EDICIONES

Mientras yo veía un capítulo de Dragon Ball Z, mi mamá se quedó parada frente al televisor. Por lo que ella sabía, Gohan y Krilin iban a otro planeta a cumplir con una misión urgente. Pero los vio sentados sobre sus rodillas, con los ojos cerrados. “¿Qué están haciendo?”, preguntó mi madre. “¡Entrenando!”, respondí. “¿¡Ahí sentados!? ¡Qué flojos!” Su percepción de trabajo era limitada: para ella, lo más destacado era el sudor. No entendía cómo dos súper guerreros se hacían más fuertes sentados con los ojos cerrados.
Escenas parecidas se repiten a lo largo de toda la serie. Antes de que Gokú volviera al mundo de los vivos para participar en el Torneo de las artes marciales, alguien le preguntó a Kaiosama cómo iba la preparación. Contestó que Gokú ya había finalizado el entrenamiento físico, ahora estaba buscando la paz interior.

El anime irrumpió en el mundo occidental para obligarnos a cuestionar nuestra forma de vivir. Pocos sintieron indiferencia: o rechazaron los gritos, la violencia y el contenido sexual; o se fascinaron con la prolija estructura narrativa de las series, algunas de las cuales abordaban con mucha seriedad los conceptos que años más tarde toda clase de terapeutas holísticos venderían –a muy alto precio– con empaques grandilocuentes y poses de magos. Un kame hame ha era más verosímil que la vestimenta de los nuevos gurús.
Hace poco terminé Rafa: mi historia, libro escrito por Rafael Nadal y John Carlin. En él, el tenista tiene momentos de reflexión impropios de los deportistas profesionales. Sin pudor, se rinde al talento de Roger Federer, a quien considera el mejor tenista de la historia. Rafa sabía que si quería vencerlo debía valerse de su mente. Siendo menos talentoso que Federer, y teniendo un saque muy inferior al del suizo, su estrategia para hacerle frente era el aguante. Debía hacerle sentir a Roger que estaba ante una muralla, a la que no importaba cuántos geniales golpes le diera: si quería agrietarla, debía romperse las manos en el intento.

Por su educación, Rafa carece de ídolos. Lo más cercano a uno que ha tenido es Tiger Wood. Siendo adolescente, leí mucho sobre la preparación de Tiger. Aunque jamás he visto un torneo de golf completo, admiraba su capacidad de concentración. El eslabón más fuerte de la cadena que usó para poner el golf a sus pies fue su resistencia mental. En donde otros caían, él se mantenía concentrado.

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Tal era su nivel de estrés competitivo que fuera de la cancha le costó llevar una vida tranquila. Acostumbrado a abstraerse, una vez que acababa el juego seguía en un estado de tensión que le impedía disfrutar de un abrazo. Para sentirse vivo recurrió a los deportes extremos. Mientras más golpes certeros daba en la cancha, más irreal le resultaba la realidad. Una adicción apareció en el camino. Ni excesos de drogas o alcohol tenían cabida en la vida de un atleta que aspiraba trascender. El sexo fue la válvula de escape más efectiva que encontró. Dominó su disciplina, pero destruyó su matrimonio. Con el escándalo público, colapsó y se fue en picada. Tiger Woods fue Trunks del futuro queriendo llegar a un nuevo nivel de súper sayayin: adquirió más poder del que supo manejar.

Para evitar eso, Nadal narra en su libro cómo disfrutaba de desconectar de vez en cuando: salir con amigos, pasear con su novia, refugiarse en el hogar de sus padres. Eran los momentos regenerativos de un guerrero cuya mirada intimidaba sobre la pista. Una fiera con más de siete vidas.

Lorenzo Buenaventura, preparador físico de fútbol, explica que la clave del éxito deportivo está en competir bien cuando no estás bien. Nadal logró salir campeón, teniendo un cuerpo lesionado o exhausto. Su mente tiró de su físico para llegar a la meta. Pero ni años de preparación lo libraron de momentos de duda, ansiedad o pánico. Sobre la final de Wimbledon de 2008, escribió: “Para vencer a Federer, primero debía vencerme a mí mismo”. Y lo hizo. La lección, que le sirvió de título para otro capítulo, fue clara: la mente puede vencer a la materia.

Dicen los psicólogos deportivos que el atleta mejor preparado es el que tenga más resiliencia. Más que de deporte, pareciera que hablaran de la vida. Son demasiados los talentos que he visto extraviarse por no tener una mente adecuada a las circunstancias. El miedo a ganar, las dudas, el pavor hacia la derrota, la tendencia a victimizarse o a sobrevalorarse, la incapacidad para mantenerse firme en la tormenta. En Dragon Ball Z lo sabían: un cuerpo musculado es inútil si no lo sostiene una mente entrenada.

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