jueves, 30 de marzo de 2017

DOS A DISTINTAS


LUNA AZUL EDICIONES
Se lo escuché a Rubén Blades, en una entrevista hecha por Alberto Salcedo Ramos. El razonamiento es así: entras a un museo y ves una pintura, la cual te gusta o no. Es sencillo: el óleo –suponiendo que es un óleo– te atrapa o no te atrapa. No preguntas: “¿Quién pintó eso, un chino?”, “¿Eso lo hizo un homosexual?”, “¿El autor era un transformista?” La primera respuesta de tu organismo ante la pintura es de atracción o repulsión, quizá fastidio. Supongamos que es de atracción: te parece hermosa, seductora, una belleza. Luego, preguntas quién es el autor. “Adolf Hitler”, te responden.


En una de las escenas de Birdman, la ex del protagonista le espeta que siempre confunde afecto con admiración. Entre los creadores, la postura suele repetirse. En los talleres de escritura, por ejemplo, nunca falta quien siente que lo critican a él en vez de a su texto. Mantener distancia de las cosas que nos importan es un desafío que dignifica la evolución. Si te dicen que tu cuento es un desastre no te están diciendo que les caes mal.

Desde la posición del espectador o consumidor, la situación resulta todavía más compleja. La figura del fanático exige renunciar a las facultades críticas. La opinión propia se subyuga a los latidos del corazón. Quienes van al estadio de fútbol, en su mayoría, no van a disfrutar del juego, ni siquiera van porque les guste el juego: van a ver ganar, se llenan de la sensación de victoria por encima de los elementos estéticos que componen el deporte. La creencia de que el triunfo o derrota de su equipo les pertenece, deforma la realidad al punto de que se sienten parte del atleta. No pueden tolerar que el goleador que admiran crea en el nazismo, del mismo modo en que se decepcionarían si su hijo le pega a su esposa.

Así se inventó uno de los mayores desconciertos que exhibe el mundo de las figuras públicas: el de la calidad humana. El postulado es rígido y admite, por ejemplo, renegar de los libros de un autor “porque me cae mal”. ¿Cómo puede caerte bien o mal alguien que no conoces? Y, suponiendo que esto es posible, ¿qué tiene que ver eso con su talento?

Nada, probablemente. Como tampoco tiene mucho que ver la “calidad humana”. A un gerente le recomiendan que contrate a alguien: “Es buena persona, generosa, súper pana”. Salvo que el puesto que se necesita cubrir sea el de amigo íntimo o novio de su hija, lo anterior puede resultar irrelevante. Todos hemos conocido personas altruistas con las que jamás trabajaríamos, por sus deficiencias. ¿Y de cuántos hijos de puta no hemos admirado alguna capacidad? La imagen pública de Diego Maradona da cuenta de una persona trastornada, pero su talento es inobjetable: si te gusta el fútbol, se te va erizar la piel viendo el gol que le marcó a los ingleses en 1986.
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Con frecuencia, un fanático se enamora de la imagen que él mismo construye de su objeto de admiración. Solo así se explica que se hable de la “humildad” o de la “calidad humana” de alguien con quien jamás se ha conversado. Se soslaya que, por ejemplo, las redes de pedofilia y esclavitud sexual en el mundo están sustentadas por el apoyo de grandes filántropos del marketing. ¿Cómo evaluar la calidad humana de alguien a quien no tratas íntimamente? Solo sería posible si esa persona roza los extremos: no es necesario tomarse una cerveza con un violador para entender que es alguien a quien se quiere lejos.

¿Es posible saber desde la distancia si Mario Vargas Llosa es mejor o peor persona (¡Qué complicado juicio!) que Javier Marías? ¿A qué nos referimos cuando decimos que un atleta –líder de su equipo, figura de marketing, obsesivo de las marcas individuales, y convencido de que puede imponerse a cualquier rival– es humilde? Pero, lo más importante: ¿cómo se refleja eso en la estructura de una novela, en el tener o no oído perfecto o en la habilidad innata para encestar un balón? ¿Ser buen escritor tiene algo que ver con ser buen marido, padre, compañero y pagar los impuestos puntualmente? Hay personas que adoro, cuyo trabajo no me gusta. Y otras a las que repudio, que tienen capacidades que me gustaría emular. Voy más allá: si mi apreciación sobre las capacidades laborales de alguien estuviese condicionada por mi opinión sobre la calidad humana de la persona en cuestión, repudiaría cualquier cosa que tuviera que ver con el fútbol profesional.

Afecto y admiración son palabras distintas. Calidad humana y talento son variantes independientes: hasta Hitler podría haber pintando un cuadro que nos conmueva.
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