jueves, 23 de marzo de 2017

CERRAR CICLOS

LUNA AZUL EDICIONES

Andrés Calamaro es un dramático por excelencia. “Todo lo que termina, termina mal”, dice una de sus canciones. Crímenes perfectos, para ser precisos. Me cuesta escuchar esa pieza –que me parece de un alto nivel, vale acotar– si no estoy bajo de ánimo. Es que un hilo de tristeza sale del reproductor cuando la voz de Andrés canta unos versos que invitan a llevar una navaja hacia la muñeca. Y solo porque algo terminó. Por favor, no todas las despedidas son tan trágicas.

Criados en una sociedad acostumbrada al maltrato, se ve con recelo el mínimo atisbo de cambio en el horizonte. Si bien –como dijo Heráclito– lo único constante es el cambio, pertenecemos a la especie que se inventó el “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Semejante visión del mundo es una bala al corazón. Equivale a decir que mejor dejo que mi pareja me pegue, porque quién sabe cómo será la otra persona que me pueda conseguir. Me aburre el optimismo ciego, pero con los pesimistas empedernidos no me tomo ni un café.

¿Por qué se satanizan los finales? Vivimos entre individuos que, en promedio, aspiran recostarse en una zona de confort en la que, felices o infelices, deciden esperar a una muerte a la que le temen. Y su anhelo es ese: dejar pasar la vida, entre quejas y suspiros, mientras llega un final que no quieren que llegue. ¿Cuántas especies son capaces de tal absurdo? Solo una: la que se inventó la palabra idiotismo.

Quienes encajan en la escena ya planteada son los primeros en horrorizarse cuando se les comenta un cambio. Si les dices que terminaste una relación de pareja, preguntan quién de los dos estaba montando cachos. Si les dices que te fuiste de tu empleo, ponen cara de lamento. Y si les planteas la posibilidad de mudarte, se les aguan los ojos porque “esta ciudad está muy dañada y así no se puede vivir”.

¿Quién dijo que todo lo que termina, termina mal? Sí, Calamaro. Pero en esa canción él no cuenta que cuando acabó su época de andar tocando en sitios pequeños, le llegó el reconocimiento nacional. Que cuando terminó una gira, alcanzó prestigio fuera de su país. Ni que cada vez que cerró un ciclo en su carrera, al menos durante los primeros años, fue para caminar hacia la trascendencia. ¿Por qué nos cuesta asumir que todo lo que tiene un comienzo también tendrá un final? Peor aún, ¿por qué creemos que todos los finales significan algo negativo?

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La vida es continuidad: todo el tiempo algo empieza y algo acaba. Es lo natural. Y la única forma de no ser una hoja que se mueve según los caprichos del viento, es siendo conscientes de nuestro alrededor, manteniendo los sentidos activos. Hacerse amigo de la reflexión. ¿Nos conviene estar dónde estamos? ¿Qué podemos hacer para movernos hacia dónde queremos? ¿Qué queremos cambiar, cómo lo podemos cambiar? ¿Por qué nos sentimos incómodos? Hasta los ciclos más exitosos y satisfactorios se consumen. Y que finalicen no necesariamente tiene que ver con un suceso grave. Una pareja se puede separar porque ya no se ama, o porque pese a que se ama, cada uno tiene proyectos de vida distintos. Alguien puede cambiar de trabajo porque necesita no algo mejor ni peor, sino diferente. O puede mudarse por el simple gusto de conocer el mundo.

Terminar, palabra importante, que conviene saber cuándo, dónde y cómo usar. A veces, cerrar un capítulo es doloroso. Otras, es ponerle la guinda a un ciclo que encandila y al que ya no se le puede sacar más brillo. Y, con frecuencia, es una mezcla de ambas cosas. Un gris que es como las personas, o como cada situación per se: no todo es luz, no todo es oscuridad. O eso creo. Yo solo sé que en mi vida mucho de lo que ha terminado lo ha hecho bien. Quizá porque respeto la música de Calamaro, pero la de Gustavo Cerati me encanta. Y este último, en una de sus canciones más lúcidas, supo cantar: “Poder decir adiós es crecer”.

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