jueves, 16 de marzo de 2017

LA SUMA DE LOS PEQUEÑOS MOMENTOS

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Era imposible. En teoría, lo era. Pero me dio por chalequear: ¿y qué pasa si el Barcelona remonta?, ¿qué tal si Messi se vuelve loco –en el mejor sentido de la expresión– y le da por hacer cuatro goles? Con él en un equipo, todo es posible. Bien lo dijo Abel Rojas: “El fútbol es un deporte que tiende a la igualdad cuando ninguno de los 22 jugadores sobre el campo se llama Lionel”. Por eso, y quizá solo por eso –y por el equipazo que es el Barcelona–, el entorno dudó en dar por sentenciada la eliminatoria de octavos de final de UEFA Champions League entre el PSG y el Barcelona, pese a que el equipo francés homenajeó a Ernest Hemingway en el partido de ida y derrotó 4-0 a su rival. Es decir, París fue una fiesta.


Le dije a Arma –culé– que capaz hasta el Barcelona metía los cuatro goles y, luego, sobre el final del partido el PSG anotaba uno y adiós. El resultado final, en el Nou Camp, fue de 6-1. Y ni Messi destacó ni el Barcelona fue un gran Barcelona. Pero tuvo en frente a un PSG absurdamente asustado.
El fútbol es hogar de la hipérbole: duden de todo superlativo que use un periodista dedicado a la fuente. Para quien todo es “brutal”, “magnifico”, “pletórico”, “genial”, etc., la vida se transforma en un lugar en el que Juan Arango merece el mismo adjetivo que Andrés Iniesta, y en el que todo es tan maravilloso que absolutamente nada lo es. En ese espíritu, a algunos les dio por manosear la palabra épico, como que si el gol que metiera el Deportivo Táchira ante el Atlético Venezuela tuviera algo que ver con Aquiles queriendo vengar la muerte de Patroclo frente a Héctor.

El ocho de marzo de 2017, el Barcelona le regaló un motivo más que justificado a los limitados de vocabulario para volver a calificar un partido de épico. Por primera vez en 65 años de competición, la UEFA Champions League –antigua Copa de Europa– vivió una remontada semejante.
Y yo no lo vi. Al menos, no en vivo.


Mientras gran parte de los medios se llenan de crónicas sobre lo sucedido en la cancha, la mía es la historia de un hombre de fútbol que se perdió la emoción de ser testigo en vivo y directo de lo imposible. O lo que es lo mismo: de dejarse abrumar por la feliz incredulidad.

No soy hincha del Barcelona, tampoco del PSG ni de ningún equipo. Solo amo el fútbol y me formé en él. También, he vivido del mismo. Pero no de la Champions. Al menos no directamente. Por eso, porque la competición no representa ningún compromiso laboral para mí, decidí ir al cine ese día. Llevo varias semanas muy atento al torneo, sí; pero bien puedo ver cualquier partido de fútbol en diferido. Quería ir al cine, quería salir, quería hacer lo que hice. Y la pasé bien. La pasé muy bien, la verdad. Incluso cuando me enteré de que la verdadera película se filmó en Cataluña.

De adolescente, llegué a configurar mi agenda en función a los partidos importantes. Si hoy había final de Copa Libertadores, mejor salía con mis amigos al día siguiente. Solo mis compromisos laborales, académicos o con el equipo en el que jugase, eran razones de peso para dejar de ver las semifinales de una Copa América sin un ápice de remordimiento. Así sucedió hasta que otras cosas fueron ganando importancia en mi mundo. Aun así, el residuo de una costumbre competitiva perdura en mí y se siente en cada rol de mi vida: las ganas de querer vivir al máximo cada experiencia y atesorar cada hito que se produzca.

Es imposible, por supuesto. Nadie sabe cuál primer apretón de manos se va a convertir en una de tus amistades más duraderas. Jamás estás consciente de cuándo es la última vez que ves a alguien, ni de toda la historia que puede construir un cruce de miradas. No tenemos ni idea. Ni siquiera sé si mañana voy a morir. Y cuando digo esto en mi día a día me tildan de dramático, aunque me gusta pensar que más bien soy realista, y a muchos asumir el mundo les causa pavor: ¿acaso las personas que aparecen en la sección de sucesos de los diarios sabían el día previo a la tragedia que ese iba a ser el último día de sus vidas?

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Por eso hay quienes profesan que conviene vivir cada día como si fuese el último. Pero esto suena imposible, hasta absurdo: si este fuese el último día de mi vida, no estaría escribiendo esto, aunque disfrute haciéndolo. El fútbol retrata ese dilema humano. Recuerdo cuando, en mi adolescencia, quería ver al detalle cada partido llamativo no fuese que ahí ocurriese algo que pasara a la historia y yo me lo perdiera. Como me lo perdí en un montón de ocasiones: a veces porque no quise o no pude ver el juego; y otras porque, aunque estaba frente a la TV o en el estadio, me encontraba distraído, revisaba el teléfono, estaba aburrido, no prestaba atención. ¿Es eso una tragedia? Para nada. Pero sí me lleva a reflexionar: ¿cuántos padres se distraen en el momento en que su hijo dice su primera palabra? ¿Cuántas veces un novio deja de escuchar a su novia cuando ella le confiesa entre líneas el sueño de su vida? ¿Cuántas veces uno cancela una cita con un amigo al que más nunca tendrá oportunidad de ver?

¿¡Pero cómo saber esas cosas!? Imposible. Del mismo modo del que nos perdemos de cosas maravillosas sin quererlo, disfrutamos de otras asombrosas que ni nos imaginamos. La vida eso: imprevisibilidad. Sucede que aunque no vi el partido en vivo, millones de personas que sí lo hicieron no tienen las distinciones que yo sí poseo para disfrutarlo en toda su magnitud. A otras tantas no les importó el asunto, y para algunas fue acaso uno de los primeros capítulos importantes en su relación con el fútbol. Lo único que le puede dar brillo a una experiencia puntual –un partido– es todo el bagaje que llevas detrás. Ninguna relación –de pareja, laboral, amistad, familiar– se define por un momento. Al contrario, es una suma de cosas la que le da valor. Faltar a la graduación de tu hija puede ser un fastidio, pero faltar a su vida es la repetición de un error imposible de revertir. Y aunque miles de personas sí estén con su hija en su graduación, muy pocas o ninguna será tan protagonista de ese hecho como el padre o la madre que aunque no pudo ir al acto sí ha participado de la vida de la graduada.

El fútbol es eso que suele encontrar diferentes formas de recordarte que el camino vale más que la meta. O, visto desde otro punto de vista, que los verdaderos grandes momentos son la suma de muchos –en apariencia– muy pequeños.

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