jueves, 9 de marzo de 2017

RAZONES PARA VIVIR


LUNA AZUL EDICIONES

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale la pena o no vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”, así arranca el Mito de Sisifo, de Albert Camus. Puede que dicha idea circulara por la mente de varios de los habitantes de Las Heras, un pequeño pueblo argentino perteneciente a la provincia de Mendoza y olvidado por los mapas, al menos durante un tiempo. Allá fue, a principios de siglo, Leila Guerriero, para contar una historia que habría interesado a Camus: la oleada de suicidios entre personas jóvenes que se suscitó a finales del siglo XX.

Leila se consiguió con un pueblo en todo el sentido de la palabra. No Internet, uso limitado del teléfono, no librerías, no disco tiendas, no revistas. No universidades. Nada. Las opciones para conectarse con la vida, más allá del acto de vivir comer, tomar agua, excretar, dormir, respirar, eran bien pocas. Más de un habitante se sintió ahogado. Y algún otro se aterrorizó ante las pocas posibilidades que ofrecía su futuro. ¿Puede la vida causar más terror que la muerte?

No es solo el panorama gris lo que atenta contra las posibilidades de ver algo de color en la miseria, alguna flor de la que asirse en medio de un pozo séptico; también está la tragedia. Y no he visto muchas obras artísticas que ofrezcan una visión tan clara del asunto como Manchester by the sea, un film con un guión conmovedor que se vio potenciado por la impresionante actuación de Casey Affleck. El personaje al que este último da vida atraviesa una existencia llena de un terror silencioso. La rabia asecha en cada paso: es la sombra de una tragedia que no sabe cómo superar. La película habla sobre la vida con una profundidad que resulta odiosa a los manuales de autoayuda. Y, desde los primeros minutos del film, una duda puede cernirse sobre los espectadores.

“Pero bueno, por algo usted no se suicida”, le espetó palabras más, palabras menos el psicólogo al que recurre el protagonista del film No sos vos, soy yo a su paciente sumido en una crisis post ruptura amorosa. La pregunta seduce al espectador y todo el que se tope con ella. A ver, querido lector, usted que se queja del día a día, de todo lo que lo rodea, de su mala suerte y de más, ¿por qué no se suicida?

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Arrival, otra de las películas que al igual que Manchester by the sea por estos días me ha hecho pensar bastante, resalta algo que siempre he defendido: la importancia del lenguaje. El mundo no es lo que es, sino lo que nosotros construimos a través de nuestra lengua. Así, un estadounidense vive en un mundo distinto al de un alemán, porque hablan idiomas diferentes y crean realidades disímiles. Incluso, un venezolano y un paraguayo no viven en la misma realidad, aunque puedan parecerse, pues existen diferencias culturales en la manera de expresar el español. Las experiencias externas nos afectan, pero más lo hace la forma en las que las procesamos según nuestro lente. La tragedia existe. Y basta un cambio de perspectiva de palabras para que adquiera una forma diferente en nuestros ojos. El mundo, me parece, siempre ha estado igual de jodido y lo seguirá estando de aquí a que todos quienes leamos esto nos muramos, lo interesante está en cómo construimos parcelas de la realidad que merecen el esfuerzo ser vividas. O cómo nos empeñamos en continuar bailando sobre la mierda. O, al menos, resistiendo; al fin y al cabo, solo el que se suicida perdió toda la esperanza.

“Creo que fue por observarlo a él que desarrollé mi teoría de que los estúpidos se conservan mejor físicamente porque no los corroe la ansiedad existencial a la que se ve sometida la gente más o menos lúcida”, dice Benjamín Chaparro, protagonista de La pregunta de sus ojos (Luego llamada, por el éxito de la película inspirada en la novela, El secreto de sus ojos), de Eduardo Sacheri. Lo que comenta Benjamín podría tener un asidero sólido, salvo por el hecho de que estar vivo significa toparse con obstáculos. Y el que esté dormido el “estúpido” tiene el riesgo de sufrir un shock mayor que el que esté un poco más despierto el “lúcido”. Quien ni siquiera se ha preguntado por qué camina por el mundo, puede que tenga convicciones menos firmes para asirse a él cuando el barco amenace con hundirse. Y, créanme, todos somos un Titanic en potencia.

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¿Vale el esfuerzo la vida? Supongo que si escribo estas líneas, mi respuesta es afirmativa. Pero también creo que cada quien debe encontrar sus propios argumentos. Si los seres humanos a lo largo de la historia nos hemos empeñado en “vivir mejor” y “evolucionar”, sea lo que sea que esas cosas signifiquen, seguro que los motivos que empujan a la existencia tienen menos que ver con cumplir las funciones biológicamente indispensables y más con conectarnos con otras cosas a las que le solemos dar muchos sustantivos, y que quizá solo el arte genuino sabe explicar. “El mundo es un lugar maravilloso. Vale la pena luchar por él”, dice el personaje interpretado por Morgan Freeman en Se7en. No estoy seguro de esa frase, pero me gusta pensar que en pro de construirnos una realidad un poco más amena, nunca está de más llevar al máximo el esfuerzo de cosechar nuestro propio bienestar.
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