jueves, 2 de marzo de 2017

LIMPIAR PARA COMER, ESCRIBIR PARA VIVIR


LUNA AZUL EDICIONES


“Un guerrero tiene que hacer lo que ama”, le dijo Sócrates a Dan, en un momento álgido de Peaceful warrior, película inspirada en la vida del atleta Dan Millman. Recordé esa cita gracias a la historia que hace días se hizo popular en redes: la de Kike Ferrari, el escritor argentino que trabaja limpiando la estación Pasteur-Amia del subterráneo de Buenos Aires.

Kike es un escritor premiado internacionalmente, traducido al francés y al italiano, agasajado en España, Francia y Cuba, y elogiado por la crítica hispanoamericana. Por eso verlo todo vestido de azul, con una pala en una mano y una escoba en la otra, puede resultar contradictorio. Nos enfrenta a nuestros prejuicios: el de creer que el que limpia es por ignorante y que el que tiene talento merece que le sirvan en vez de servir. Su historia hace cortocircuito en los estereotipos sociales, aunque, como él mismo reconoce, Borges, Henry Miller, Hemingway y Bukowski por poner ejemplos celebres trabajaron durante mucho tiempo en empleos que nada tenían que ver con escribir. 

Es que una cosa es saber hacer dinero y otra ser bueno para lo que uno ama. De ambas depende la prosperidad: con la cuenta bancaria llena se vive más tranquilo y a veces el único motivo para soportar este caos llamado vida es entregarse a lo a que a uno le gusta. “¿Y qué te gusta más?, ¿correr? Si correr te hace sentir bien, pues corre más a menudo”, le dice una psicóloga a sus pacientes. Kike Ferrari que, asegura, fue niño en la dictadura, adolescente en la hiperinflación, “la caída del muro de Berlín y el puto fin de la historia. Me tocó un mundo sin esperanzas y crecí en él” no estaba entrenado para una vida de lujos, pero algo tenía claro: lo hiciese bien o mal, ganase dinero o no, su felicidad radicaba en escribir. Y un guerrero tiene que hacer lo que ama.

Cuando tenía ocho años, su papá le regaló su primer libro: Los Tigres de Mompacem, de Emilio Salgari. “Esto es lo que nos diferencia de los monos”, le dijo. Se refería a la lectura, claro. La saga de Sandokán sería de las cosas más importantes que le pasarían en su vida.


Contó a Letralia: “Durante mi adolescencia escribí unos poemas bastante malos e intenté algunos cuentos. Después fui letrista y bajista de una banda de rock pesado, 7 Whiskies Dobles. Empecé a escribir como plan justamente cuando esa banda se disolvió. Era julio del ‘97. No tenía trabajo, me acababa de divorciar y 7 Whiskies Dobles se había ido al tacho. Así que pedí una cerveza fiada en el quiosco de al lado de casa y me puse a escribir unos párrafos sobre un tipo que caminaba hasta entrar a un bar. Después me fui a dormir. Al día siguiente, cuando volví a sentarme frente a la máquina, supe que el tipo se llamaba Jotacé y era un ladrón a punto de robar una inmobiliaria”.


En 1999 se fue a Estados Unidos como inmigrante ilegal. Allá sustituyó la máquina de escribir por una computadora. Un ecuatoriano le recomendó Ernesto Guevara, también conocido como el Che, de Paco Taibo II. Kike quedó fascinado con el talento de Paco, quien años más tarde impulsaría internacionalmente su carrera de escritor. Mientras Ferrari leía el libro de Taibo lo deportaron. Llegó a Argentina en el 2003, con su primera novela escrita: Operación Bukowski. Fue publicada, por una editorial independiente que ya no existe, en el 2004. Ahí arrancó todo.


Su camino, en el que empezó a ganar concursos y a sobresalir en revistas literarias, incluyó una invitación de Paco Taibo II a la Semana Negra de Gijón. La vida es eso que, aunque parezca imposible, puede permitirte trabajar con tus referentes. O mejor aún: recibir elogios de quienes admiras. El 18 de junio de 2013, Ricardo Piglia, haciendo alusión al cuento Blanco artificial, le mandó un mail a su autor, Kike: “Las alusiones son elípticas y divertidas. Mantenme al tanto sobre el libro que está por salir. Un abrazo, R”.


Kike sigue trabajando en el subterráneo. Y, aunque no lo conozco, su historia no parece la del tipo que escribía para acceder a fama y prestigio. “Sacando lo que vivo con mi familia, el mejor momento de mi día es cuando me siento a escribir, es cuando me siento más feliz. Una válvula como la que todos tendríamos que tener para no enloquecer.


Trabajó en un restaurante, en una panadería, fue fletero, taxista, vendedor de seguros, jubilaciones y celulares. Aclaró a El País: “A mí no me gusta laburar pero lo vivo con absoluta naturalidad. Es lo que hay que hacer para vivir y estaría buenísimo que los trabajos tengan más relación con lo que a uno le interesa, o un valor social, porque a nadie le gusta levantar la basura. Hay que trabajar para vivir y yo trabajo de cualquier cosa, porque no me preparé mucho y porque la realidad de nuestro país es esa. El menemismo, para los que crecimos en los 90, nos transformó en una máquina todo terreno en la que no nos destacamos en nada pero podemos laburar de todo”.


Kike Ferrari trabaja de casi cualquier cosa. Pero es feliz con su familia y escribiendo. Ahí su vida adquiere sentido. No porque sea bueno como escritor, ni porque sea buen padre o esposo, sino porque ama lo que hace. No conozco su obra, pero su historia me refresca algo: un guerrero tiene que hacer lo que ama. Y en principio, por el puro goce de hacerlo.


@LizandroSamuel