jueves, 23 de febrero de 2017

PROMESAS EXTRAVIADAS


LUNA AZUL EDICIONES


Los morochos eran la sensación. El comentario se repetía en cada equipo: “Juegan burda”. Era época de fútbol juvenil, intercalar prácticas con clases de bachillerato y guardar sueños bajo la almohada. Los torneos sub 20, sub 18 y sub 16 de Venezuela eran vibrantes: nuevos equipos caraqueños hicieron que aparecieran jugadores mal o bien formados hasta debajo de las piedras. En ese ambiente, un par de morochos que vivían en Macarao dejaban el doble de comentarios positivos tras de sí.

El único pero que se anteponía a su talento era su “indisciplina”. Nunca tuve trato íntimo con ambos, aunque durante una temporada compartimos equipo, pero por lo que sé y por lo que vi parte de sus desaires tenía que ver con faltar a entrenamientos, desobedecer a entrenadores, llegar tarde o incumplir normas de convivencia.

Así y todo, se hablaba de ellos en muchas canchas. “Son unos monstruos”, “juegan un kilo”, “qué bárbaros”. SD Centro ítalo, Caracas FC y el mítico San Agustín del Paraíso fueron los conjuntos en los que forjaron su nombre. Y en los que la promesa que emanaba su talento se disipó. Aunque eran de lo más destacado de su generación, ninguno entró al fútbol profesional.

Dice el escritor Héctor Torres que le incomodan las caravanas en las que un grupo de adolescentes celebran su graduación de bachillerato. Me sumo a su incomodidad: ¿qué festejan de forma tan desaforada?, ¿el predecible triunfo sobre el mediocre sistema educativo venezolano? Si es que se puede llamar “triunfo” a obtener un papel que, ya se sabe, ni siquiera certifica que hayas aprendido algo. O que lo poco que aprendiste sea útil en la vida.

El colmo de la parodia se produce después, cuando en la universidad la mayoría de los que celebraron de forma desmedida se quejan de que no los prepararon para hacer frente a las exigencias académicas de las más destacadas casas de estudio del país. Que, conviene decir, se encuentran hoy día muy por debajo del nivel de la élite universitaria del mundo.

Los familiares tampoco reparan en eso. Carros sobre los que se pinta: “¡Mi hijo se graduó de bachiller!” O el paroxismo: “Felicidades, hija, por tu título de bachillerato. Que disfrutes este regalo de tus padres”, pintado sobre el vidrio de un carro de agencia.

Ni en una graduación de Harvard o Yale se ve semejante alborozo.


Hace unas semanas finalizó el Sudamericano sub 20. La Vinotinto logró un cupo mundialista. Para un país en el que la palabra mediocre se asocia a fútbol nacional ese tipo de logros siguen siendo importantes. Bueno, para cualquier futbolista clasificar a un Mundial adulto o juvenil es lo máximo. Un hecho que merece celebraciones mayúsculas. Pero, como de costumbre, se encuentra la manera de exagerar.

Tal como con la sub 20 del 2009 y con las sub 17 de 2013, el entorno no se conforma con festejar el presente sino que saliva de cara al futuro. Ya imagina a los jóvenes protagonistas de esta gesta despuntado en el mejor fútbol del mundo. Auguran que muchos superarán a estrellas consagradas. Como si ser figura en Champions fuese cualquier cosa, como si jugadores más talentosos no hubiesen fracasado en la Liga, o como si competir en la élite estuviese al alcance de todo el mundo.


Cuenta la leyenda que a la emoción de un joven Rafael Nadal tras ganar un torneo juvenil le siguió el sacudón de su entrenador: este le leyó una lista de jóvenes tenistas que habían ganado el título que él acababa de conseguir. Rafa no conocía a casi ninguno: la gran mayoría no trascendió.

Lo dicen las estadísticas: de los 100 que son escogidos por encima de decenas de miles para formar parte de la cantera de un equipo élite de Europa, acaso 25 vivirán del fútbol, entre 10 y 15 lo harán en Primera, entre 5 y 10 en clubes de mitad de tabla para arriba y uno o dos en el conjunto para el que fueron seleccionados. Esos números bien podrían ser extrapolados a casi cualquier deporte.


¿Cuántas personas andan por el mundo preguntándose qué les pasó? ¿O quejándose de que no arribaron a un destino que creían merecer? Nos enseñan a vivir de forma desmedida: satanizando la derrota y la muerte, sobrevalorando todos los triunfos. Se ve el mundo con lentes de arrogancia: somos capaces de construir una desproporcionada imagen de nosotros mismos o de nuestros afectos.

Luego de ver a tantos supuestos futuros dioses condenados a convivir con quienes ellos veían como plebeyos; de oír cómo mentes brillantes se torturan a sí mismos, se encaminan a la autodestrucción o se suicidan; y de notar la tristeza y rabia que tratan de ocultar otros, cerveza en mano, con el ruido de celebraciones que se extienden demasiado; me gusta administrar con cuidado mis afectos. Y honrar los triunfos y las derrotas sin mezquindad ni exageración; trabajando mejor y prometiendo menos.

@LizandroSamuel