jueves, 16 de febrero de 2017

BUSCANDO COMIDA


LUNA AZUL EDICIONES


LUNA AZUL EDICIONESEn el cuento Teoría de la belleza, de Roberto Fontanarrosa, Bernardi tiene el extraño honor de ser invitado a la mesa de los Galanes, el sitio reservado en el bar El Cairo al escritor rosarino y sus compinches. Ahí, expone una teoría sobre la belleza que deja confusos a sus interlocutores: todos somos normales, feos y horribles. Así de plano. Todos menos un minúsculo porcentaje de la población que, según los estándares particulares de cada cultura, ocupa el escalafón máximo en la escala de la estética. Dicho de otro modo: a lo largo de tu vida solo conocerás a dos o tres personas “bellas”.

La teoría crea polémica y se inicia una jocosa discusión. Pero lo más interesante llega después, cuando Bernardi, a riesgo de parecer clasista, afirma que la belleza es un asunto de estatus social. Y acá conviene detenerse, porque más allá de la ficción dicho comentario se ha deslizado en diversos foros. Y tiene que ver, según parece, con un asunto de salud y moda: quienes más dinero tienen pueden comer mejor, aplicarse más tratamientos estéticos y evitar trabajos forzados que los expongan a condiciones climatológicas feroces; de igual forma, la niña rica del salón siempre es la que, según los estándares del momento, se viste “mejor”, pues papi y mami pueden mantenerle el guardarropas actualizado.

Suma varias generaciones de ese tipo de personas reproduciéndose entre ellas y la teoría sobre la estética y las clases sociales no parece tan descabellada. Dicen los nutricionistas que eres lo que comes: mientras más saludable sea tu dieta, puede que más saludable sea tu aspecto.

Esto pasó por mi cabeza mientras, en el Metro, pensaba en un libro sobre la preparación física en el fútbol. Equipos élite que controlan la cantidad de agua que ingieren sus futbolistas dependiendo de los requerimientos de cada uno. Así, en el Real Madrid, Cristiano Ronaldo tiene en su locker una cantidad diferente de litros de agua que la que asignan a Mercelo. La idea me dio sed y hambre: recordé mi época de futbolista y la forma tan prolija en la que me alimentaba. Para mi infortunio, como la mente está llena de trampas, tales ideas desembocaron en una entrevista que leí hace semanas al escritor argentino Martín Caparrós.

El bigotudo es autor de –entre otros– El Hambre, libro en el que, por ejemplo, compara los 33 mil millones de dólares que año tras año los estadounidenses gastan en dietas versus los 30 mil millones que se necesitarían para paliar el hambre del mundo. Dicho de otro modo, la plata que unos pocos usan en fórmulas mágicas para bajar de peso sería suficiente para evitar que el resto del planeta se muriera de hambre.

En la entrevista, hecha por César Batiz, Caparrós agrega: “(…) A mí me impresiona del caso venezolano las colas para comprar comida, porque en algún pasaje de El Hambre digo que de alguna forma la marca de la evolución es el necesitar menos tiempo para la búsqueda de la comida. Por ejemplo, los animales están todo el tiempo para buscar la comida. Los hombres primitivos también, porque no podían desdeñar ninguna oportunidad. En las sociedades pobres las personas trabajan de 50 a 70% de su tiempo para pagarse la comida. En Dinamarca te pagas la comida con 3% de tu salario. El tiempo que dedicas a comprar tu comida será una hora por semana. Es ínfimo.

Mientras más tiempo te dedicas a conseguir la comida, bien sea porque te dedicas para poder pagarla, o en este caso porque estás obligado a quedarte en un sitio durante varias horas para no perder tu lugar en la cola, de algún modo más retrocedes en esa escala evolutiva y más te pareces a los hombres más primitivos que andaban todo el día buscando sus frutas o algo para comer”.

El asunto de la estética y la condición social y el todos somos feos menos unos cuantos y el que más gana mejor se ve me importa poco y nada. Tampoco soy atleta de alto rendimiento, por lo que con tener una alimentación balanceada me basta: no necesito cuidar de forma obsesiva cuántos litros de agua ingiero. Pero sí soy un ser humano ocupado en crecer y evolucionar. Caparrós puso en primer plano algo que dese niño me preocupa: ¡cuánto tiempo invertimos en conseguir y preparar la comida! Nací con una personalidad obsesiva llena de altas cuotas de auto exigencia. Así, me considero un afectado por el síndrome Gokú: puedo pasar días sin dormir entregado a la actividad que amo pero me parece un sacrilegio perder tiempo –que podría invertir en leer, por ejemplo– planchando una camisa.

LUNA AZUL EDICIONESEn la Venezuela actual, el hambre al que los gobernantes han sometido a la población ha obligado a una gran parte de la misma a alejarse de su condición de seres humanos para acercarse más a la inercia de sobrevivir. Entre la inflación y la escasez, los cines y parques lucen cada vez más vacíos mientras las colas afuera de los abastos se tornan kilométricas. Y la zozobra de cara a si la semana que viene se podrá comer invita a cerrar la novela, mutilar las horas diarias de ejercicio, y trabajar horas extras en cosas que ni siquiera producen la mínima gratificación o desarrollo personal.

En todo eso pensé mientras iba en el Metro. En todo eso y en la necesidad de, aunque me cueste, aprender a mantener la calma: porque resistir a la tiranía de los malandros que están en el poder también es negarme a que se me vaya la vida buscando comida.

@LizandroSamuel