jueves, 9 de febrero de 2017

PELEANDO CONTRA EL TIEMPO II



luna azul ediciones

luna azul edicionesVenezuela. Fin de semana. El módem se dañó. En el país en el que escasean los alimentos, querer sustituir el aparato con el que navegas por el resto del mundo te puede dejar en situación de naufragio. ¿Por cuánto tiempo? Los más desafortunados y menos insistentes, sin ánimo de exagerar, por más de un año.


Para alguien que vive del Internet, solucionar una situación de este tipo es tan urgente como encontrar agua en un desierto. Con mucho tino, el problema prometía resolverse en pocos días. Mientras, el domingo en la noche, mi hermanita se me acercó: “¡Hoy el día me ha rendido muchísimo! ¡Siento que he hecho mucho!” Lo dijo antes de ponerse a moler maíz, solo para saber si podía hacerlo. Mientras giraba la manivela, continuó: “¿Y sabes por qué? ¡Porque no hay Internet!” De inmediato recordé mi columna Peleando contra el tiempo, que publiqué en este mismo espacio. Por si faltaba comprobar la teoría, la vida nos puso una situación práctica por delante.



Mi hermana está en bachillerato. Quinto año. El lunes siguiente, confesó: “Hace tiempo que no estudiaba tan bien para un examen. Es que no tenía más nada que hacer y estaba aburrida”. Para otro momento quedará evaluar la mediocridad del sistema educativo venezolano, que permite que en un liceo privado y destacado un alumno pueda lograr uno de los mejores promedios de su aula sin exigir su mente y sin aprender algo. Para efectos de esta columna, lo importante es lo siguiente: mi hermana estaba tan aburrida que tuvo que estudiar.


El Internet ocupa un espacio central en la vida contemporánea. Y todo indica que cada año su importancia será más relevante. En la columna que ya referí, hablé sobre cómo, en mi tiempo libre, me gusta presionar el botón de apagado y conversar con alguien que pueda pasar –al menos– tres horas sin revisar su teléfono. Esto no quiere decir que esté en contra de la tecnología, todo lo contrario: la misma me ha permitido ser mi propio jefe y vivir de escribir cosas que me gustan, todo en medio de una Venezuela convulsa y feroz. En otra época, esto puede que hubiese sido imposible. No obstante, mientras por aquí se sigue discutiendo entre gobierno y oposición, los grandes temas de debate del siglo XXI se desarrollan fuera de este país, como si el mismo fuese un cangrejo que caminase rumbo al siglo XX.


Hace poco leí una entrevista a Martín Hilbert, experto en Big Data. Hiblert habló del manejo de la información, de cómo ahora la democracia parece imposible gracias a las redes sociales y del grado de exposición al que estamos todos quienes tenemos correo electrónico. Algo así como que si alguien en China quiere ordenar que te secuestren en Caracas, puede hacerlo dado que tiene acceso a tus gustos, amistades, rutinas, nivel económico, formación, familia, etc. Todo sin que tú lo hayas publicado de forma frontal en tus redes.


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Llevo un par de años leyendo sobre eso. Por eso lo que me resultó más interesante de la entrevista fue otra cosa: “Quizás para entenderlo hay que mirar cómo funciona la vida, los sistemas vivos. Como sabes, existen diferentes niveles de abstracción: abajo tienes partículas subatómicas que interactúan para formar átomos; los átomos forman redes para crear moléculas; las moléculas, para crear células, y las células se ponen en redes (cada una con su respectiva pega) para crear organismos. Después los organismos se ponen en redes para crear sociedades. Y ahora, ¿qué viene después? Sociedades que se ponen en red a través de la tecnología para crear algo superior. El punto es que cada uno de esos niveles cree funcionar con sus propias leyes, y no saben que gracias a esas leyes se han formado otras leyes que han creado un nivel superior. Mis células no saben que yo tengo conciencia. Se encuentran y dicen ‘mira, ahí hay una bacteria, ¿la atacas tú o yo?’ Piensan que son bastante libres, ¿no? Pero los grandes números crean una estadística confiable de que esa bacteria va a ser atacada, y gracias a la estabilidad de esos promedios es que mi sistema tiene la tranquilidad para crear lo que llamamos conciencia. Y lo que creo que va a terminar haciendo la digitalización es convertirnos a nosotros en células de un organismo mayor. A medida que la IA empiece a organizarnos, a programar a la sociedad. Y va a poder hacerlo porque si bien tú y yo creemos ser muy distintos, el funcionamiento de la sociedad, con los grandes números, consigue promedios muy estables. Entonces este organismo puede sobrevivir, hasta que yo me imagino que va a poder producir una consciencia. Pero nosotros ni vamos a saber que esa conciencia existe. Por eso te digo que no va a ser ‘Terminator contra nosotros’. Es un supraorganismo con el que nos estamos fusionando, y la digitalización es como el aceite que nos une”.


Hiblert ofreció así su visión de lo que cree que será el futuro. Creíble o no, yo solo pensé en lo poco que tomamos consciencia sobre nuestro entorno, los cambios que se producen alrededor nuestro y cómo nos afecta la vida. Para ser la especie supuestamente más evolucionada, resulta interesante que casi todos actúen de forma mecánica: si hay Facebook, entro a Facebook; si hay televisión, veo televisión; si no hay nada que hacer, muelo maíz. Y si me alteran la rutina, entro en un estado de ansiedad similar al de un adicto a la heroína tratando de rehabilitarse. Somos una especie que, en general, se muestra incluso incapaz de evaluar si sus rutinas y cómo las establece en el tiempo son acaso adecuadas para el tipo de vida que quiere llevar. Que, vale decir, la mayoría ni siquiera sabe cómo quiere vivir. Más que pelear contra el tiempo, peleamos contra nuestra ignorancia.


Ah, por cierto, ya encontramos otro módem.
 
@LizandroSamuel