jueves, 2 de febrero de 2017

MÁS ALLÁ DE PASAR LAS PÁGINAS

LUNA AZUL EDICIONES

“Recomiéndame otro libro”, insistió Ninel. “¿Qué se consiga acá o qué no se consiga?”, respondí. Yvonne me atajó: “¡Ay que ver que tú si eres malo!” Abrí mucho los ojos. Prosiguió: “¿Cómo le vas a recomendar uno que no se consiga?” Traté de explicarle que no actuaba de mala fe: “Pero es que es bueno saber que ciertos libros existen aunque sean difíciles de conseguir. Luego de pasar años buscándolo, uno siente un placer inmenso cuando los adquiere”. Yvonne me vio como una madre que juzga la ingenuidad de su hijo. “Eso es ganas de sufrir”, concluyó.

LUNA AZUL EDICIONESA estas alturas podría considerarme un fetichista de los libros. En algún momento los llegué a celar más que a ciertas parejas ocasionales. Aún hoy no los presto, ¡a nadie! (Se lee: ¡na-die!) Me parece un sacrilegio quienes los subrayan o doblan sus hojas. Dentro de mí se activa cierto tic nervioso cuando veo que alguien tuerce una cubierta porque no sabe pasar la página sin maltratar al pobre libro inocente. Me gusta verlos, perderme en librerías, pasar horas revisando títulos, releer. Y si leer es una actividad que emociona, créanme, dar con ejemplar que llevaba años buscando es como concretar un beso prometido.
Hace poco me pasó con La eterna parranda, de Alberto Salcedo Ramos. Adriana y Otto tomaron el ejemplar de su biblioteca de casados y me lo prestaron, alegando: “Esta, amigo mío, es la biblia”. En las semanas siguientes les di la razón. Las crónicas de Salcedo me ayudaron a unir puntos sueltos en mi camino como lector y escritor. Traté de comprarles la joya. Era de esperar que una pareja que asegura que nunca firmará el divorcio “porque si no nos tocaría tratar de dividir los libros” se negara rotundamente. Pasé al plan b: buscarlo y comprarlo. En una Venezuela donde escasea el pan y el agua, dar con un libro extranjero puede ser equivalente a meter un gol de media cancha. La fortuna estaba conmigo: solo me llevó un par de meses encontrarlo. Yo no estuve con la fortuna: “Qué fino. Espero a cobrar y lo compro. No hay apuro”. Grave error: no lo volví a ver hasta un par de años luego.
LUNA AZUL EDICIONESYa antes había emprendido búsquedas de ese tipo. En una época en la que mi hermanita era más ita que hoy día y necesitaba que la llevara a la natación, leía el periódico en la grada mientras ella practicaba espalda. Eran año en los que todavía tenía cierto sentido para mí comprar la prensa. Leí una reseña a Terapia para el emperador, de Manuel Llorens. Pasarían varios años antes de que pudiera comprar la reedición. La historia del libro es turbia: la mayor parte del primer tiraje, editado con la Fundación de la Cultura Urbana, se perdió en uno de esos episodios salvajes de la Venezuela del siglo XXI. Luego fue reeditado con Libros Marcados y ahí pude adentrarme en unas páginas que ya he repasado, quizá, más de cinco veces.
Algo parecido me sucedió con Fiebre en las gradas, de Nick Hornby. Siendo un clásico de la literatura futbolera, desde mis 12 o 13 años lo busqué con ahínco. Vi un ejemplar cuando ya era un adulto: me resultó incomparable. Las oportunidades no siempre se presentan cuando el bolsillo está lleno. Dos semanas después, lo vi en otra librería. El precio era irrisorio y era el último ejemplar. La crónica me fascinó. Valió la espera.
Pero con La eterna parranda la ecuación era distinta. Ya lo había leído. Quería tenerlo en mi biblioteca, repasarlo, estudiarlo. Usar el bisturí en las siguientes lecturas. Por eso cuando, en diciembre de 2016, me llamaron de una librería para avisarme que, de casualidad, le llegaron unos pocos ejemplares, corrí dispuesto a empeñar lo poco que tuviese con tal de cerrar un ciclo. Juan Villoro, en ¿Hay vida en la Tierra?, habla de sus supersticiones con la lectura: cree que, pese a lo mucho que pueda querer un libro en particular, solo es capaz de dar con él cundo de verdad lo merece. Como un alumno listo para ponerse a las órdenes de un maestro. Terminé el 2016 con alegría: al fin fui digno de La eterna parranda.
LUNA AZUL EDICIONESMartín E. Seligman ha desarrollado investigaciones sobre la psicología positiva. Determinó que el bienestar de una persona suele estar relacionado con sus gratificaciones y placeres. Leer, por ejemplo, es gratificante. Comerse un helado de chocolate, por otro lado, resulta placentero. Tanto me gusta estar entre libros que muchas de mis gratificaciones y placeres están asociados a las letras. Hay quienes necesitan enfrascarse en seducciones engorrosas para experimentar el placer de la conquista. A mí, entre otras muchas cosas, me gusta cumplir objetivos: encontrar uno de los muchos libros que quiero leer y pagarlo mientras los latidos de mi corazón le dan brillo a mi sonrisa. Hay placeres que son difíciles de explicar. No, Yvonne, no me gusta sufrir: me gusta disfrutar de la lectura más allá de la actividad mecánica de pasar las páginas.
@LizandroSamuel