jueves, 26 de enero de 2017

BUSCANDO SALVACIÓN

luna Azul Ediciones










Ponerse a definir, de forma concreta y precisa, qué es una buena persona llevará a inevitables debates. Un juicio de significado tan personal suele ligarse a los valores que cada individuo lleva consigo. De ahí que haya algunos que asocien la idea a los gustos. Por ejemplo, una moda indica que leer te hace mejor. Y, en principio, estoy de acuerdo. El problema es que la frase resulta insulsa por amplia. Creo que sería más propio decir que te hace más capaz. ¿De qué? De entender lo que te rodea, de desarrollar habilidades cognitivas, de comprender a las personas, de aprender a usar la palabra, etc. La lectura –la de calidad, al menos– es poder. Y ya saben los clichés asociados al mismo.


“Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero no voy a hablar de eso. Voy a hablar de música. Porque Bach me salvó la vida. Y yo amo la vida”, así empieza James Rhodes su maravilloso libro Instrumental. James se refiere a la música clásica. Cuesta imaginar que alguien escriba unas líneas tan contundentes teniendo en la cabeza canciones de Daddy Yankee o Don Omar. Es que hay obras destinadas a tomarse un café con sus receptores y otras que son como el ruido de la calle: a veces se oyen comentarios soeces, chismes entretenidos o no se entiende nada; el caso es que uno se olvida pronto de lo que escuchó al pasar y retiene las buenas conversaciones.


Quizá de ahí, con esa arrogancia que pretende señalar que nuestros gustos son mejores que los de al lado, nació esa tendencia a evaluar la calidad humana de alguien con base en sus preferencias. Tal criterio soslaya, como al descuido, que personas muy inteligentes fueron grandes melómanos, lectores o cinéfilos; lo que no los salvó de ser tiranos. Hitler, Fidel y Pinochet, seguro que aprendieron mucho en las horas que dedicaron a consumir estas artes. No lo hicieron, quizá, para ser mejores personas, sino para ser más capaces.

Me resulta pedante la moda de afirmar que la lectura te hará mejor persona, más sexy, cool o lo que sea. Como si en los libros, o en un libro, estuviese la fórmula mágica para atravesar la vida con la actitud de un monje budista y el atractivo de un galán de cine rosa.  A James la música le salvó la vida, porque se convirtió en su pasión. Un compilado de música clásica le explicó por qué le gustaba estar vivo. De ahí en adelante, cada nota fue uno de los pilares que sostuvo su vida. Pero, por sí sola, la música no lo ayudó a superar los traumas infantiles, sus tendencias a manipular y desechar personas, ni su incapacidad para relacionarse con el mundo. No en vano se hizo drogadicto y alcohólico, sedantes que tampoco pudo dejar atrás solo oyendo a sus artistas preferidos.

Ávidos de resultados fáciles, de fórmulas mágicas, de un camino que lleve a una supuesta verdad, las personas se entregan con fe fanática a una sola cosa que creen que los llevará a la salvación. ¿A la salvación de qué? ¿De los horrores, de las tristeza, del dolor, de los vicios, de-lo-que-sabemos-que-somos-capaces-de-hacer; de qué? Puede que de todo lo anterior. Lo que hizo salir a James del más profundo de sus hoyos fue una actitud, no una actividad. Un basta, un no más. Leer a Borges y Cortázar no te hará menos tendente a causar daños que leer a Coelho y Riso. Como escuchar a Beethoven y Mozart en vez de a Romeo Santos o Farruku no te llevará a la iluminación. Nada, por sí solo, te conducirá a algún lado. La vida, me gusta creer, es un universo de herramientas y piezas que debes aprender a ensamblar para construir el vehículo con el que avanzarás en el camino que tú escojas. Piezas y herramientas, en plural. No hay una pieza por sí sola que sea más indispensable que el conjunto en sí mismo, que la decisión de cómo armar y qué hacer con el conjunto.
@LizandroSamuel