jueves, 19 de enero de 2017

QUITARSE LOS ZAPATOS




luna azul ediciones

Cuando estaba en quinto año de bachillerato la situación económica en mi casa no era del todo favorable. Para ahorrar dinero, me compré un par de zapatos deportivos que pudiera usar con el uniforme de diario en el liceo y con el de Educación Física. Eran unos Nike negros, con el logotipo de la marca a ambos costados. A mi profesor de Castellano, quien cada vez ganaba más poder administrativo, se le antojó verlos, primero, azul marino. Cuando su repentino daltonismo desapareció, se ensañó con los símbolos blancos que reposaban en los laterales. Las normas eran claras: los zapatos debían ser totalmente negros. Mi solución para poder entrar a sus clases fue intercambiar calzado con compañeros de la otra sección que tuvieran docentes más comprensivos. Así, antes de cada clase de Castellano, en vez de pulir mi vocabulario aflojaba mis cordones.

Una de las primeras películas que vi en el 2017 fue Sign Street. A Cosmo, el protagonista, lo cambian de colegio. A sus 14 años, el adolescente, acostumbrado a drenar la rabia y tristeza con los acordes de su guitarra, llega a una institución en la que los golpes son la única forma de diálogo en apariencia permitida entre los alumnos. No obstante, uno de sus mayores obstáculos será el director. Un cura que le hace saber que sus zapatos marrones no tienen cabida dentro de las normas académicas: el calzado debe ser, sí o sí, negro. Las reglas –que cuando no se adaptan al contexto se convierten en un vulgar dispara primero, pregunta después– obligarán a nuestro protagonista a pasear por el suelo húmedo de su nueva casa de estudio con sus medias blancas. Porque, después de todo, las normas indican que los zapatos deben ser negros, no que se deba usar zapatos. Quién diría que un cura tendría semejante sentido del humor.

Aburrido de mis clases y frustrado por la falta de creatividad de mi entorno, por ahí en mis dos últimos años de bachillerato escribí una especie de ensayo que criticaba el sistema educativo venezolano. Solo se lo mostré a un par de conocidos, pero logró cierta aceptación entre varios compañeros. Convencido de la inutilidad de lo que veía en las aulas, y de lo absurdamente fácil que me resultaba sacar buenas notas sin esforzarme, me imbuí en otras formas de expresión que saciaban más mi intelecto. Sostuve con más fuerza los libros, escribí para desahogarme y estudié la complejidad del fútbol como un marino arribando a una isla ignota. La literatura y el balón me salvaron de que el aburrimiento me clavara una bala en la frente. La mayoría de mis profesores, mientras tanto, se ocupaban de surtir las balas.

Cosmo se encuentra con otros inadaptados como él. Forman una banda. Uno de los puntos más álgidos de la historia es cuando entonan Browns shoes. Hay quienes van a la guerra y son peones de las ambiciones de sus líderes: matan, hieren y destruyen. Algunos, quizá los más afortunados, proclamen la victoria en medio de un lago de sangre. Y son tan ingenuos como para creer que hicieron del mundo algo mejor. Sin embargo, hay quienes no solo tienen el poder de detener las cosas, sino que pueden crearlas. ¿Cómo un adolescente puede enfrentarse en igualdad de condiciones al director de su colegio? No puede, así de simple. Pero una canción bien hecha y mejor aún interpretada tiene el poder de encender chispas en quienes las escuchan.


Me tocó nacer en una Venezuela en la que las protestas se multiplicaron al ritmo de los horrores. Pero a muy pocas les he encontrado trascendencia real. Las hay, incuso, las que han devenido vandalismo. Como si pegar un puñetazo o quebrar un vidrio fuera una forma de mejorar un país gobernado por quienes pegan puñetazos y quiebran vidrios. El miedo, dice Woody Allen, es el responsable de que el mundo funcione como funciona. Las personas están asustadas y por eso actúan como actúan. Acaso se rebelan cuando la ira colectiva impulsa a devolver las cachetadas. Pero luego del aluvión, el entorno sigue siendo igual de gris, húmedo y rocoso. Celebro, desde mi parcela, que siempre haya unos pocos que hagan del arte la mejor forma de desafiar al sistema. Habría que aprender, me parece, a quitarse los zapatos para cantar en medio de la calle.

@LizandroSamuel