jueves, 15 de diciembre de 2016

ENTRE FOLLETOS Y CRÓNICAS

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@Lizandro Samuel)

Hay preguntas fundamentales que a veces silenciamos antes de escucharlas o hacernos conscientes de ellas. ¿Por qué lo hacemos? Porque nos arropa la rutina, nos superan las cosas, nos dejamos llevar y una lista tan larga como indescifrable. Hoy Lizandro desnuda un poco el tema, para hacernos volcar sobre preguntas originarias. Desde Luna Azul Ediciones, cuando nos acercamos al nuevo año, nos hacemos eco de sus palabras, poniendo a disposición nuestra plataforma para que puedas leerle. Antes, queremos informarte que estamos trabajando en una serie de sorpresas para el nuevo año, suscríbete en el siguiente enlace y mantente al tanto:


El escritor argentino Martín Caparrós encontró una forma de escribir tan sustentable como emocionante: descubrió que había empresas dispuestas a pagar sus crónicas fuera de la Argentina. Así, ha contado historias sobre la pedofilia en Sri Lanka, la guerra en Belgrado, la guerrilla colombiana, los muxes de Juchiatán o la cotidianidad en la Cuba castrista. En sus textos se plasman las dificultades que él mismo tuvo que sortear para llevar a cabo su oficio. Entre puteadas, paciencia y una cultivada curiosidad, aprendió a improvisar, a flexibilizar sus rutinas, a resolver sobre la marcha.

Desde niño me enfrenté al desconcierto que significaba viajar. O peor: irse de vacaciones. Era someterse a rutinas militares, en las que un plan diseñado antes de partir señalaba qué era lo divertido, lo que había que conocer y adónde se debía ir si se quería aprovechar la experiencia. Con el Internet, el terror subió un escalón. Fotos, videos y testimonios, de sitios con fama de alucinantes están a solo un clic. Viajar dejó de ser conocer para convertirse en comprobar: pararse con cara de ingenuo frente el Salto Ángel y aclarar: “Ah, se ve más impresionante en persona”.

Escribe Caparrós: “El turismo empezó como preparación, como descubrimiento; ahora intenta ser, sobre todo, una confirmación de lo que ya se sabe, una comprobación de las postales”.

Y ni hablar de las fotos. De niño o en la adolescencia, en cada acto o reunión familiar había alguien encargado de tomar las fotos. Yo padecía una disonancia cognitiva cuando me seleccionaban a mí. Por un lado, había cierto placer, cierta forma de narrar, cierto arte en eso de ir apretando un botón por ahí y capturando escenas para luego armar una historia. Por el otro, estaba claro de que si me tocaba trabajar –porque eso era un trabajo, qué duda cabe– iba a ser el que menos disfrutara del evento, el que observara en menor medida.

En las formas de viaje contemporáneas la selfie ocupa un rol protagónico. Ir a cualquier sitio que imponga paisajes impactantes significa sustituir el ojo humano por el de la cámara. “Mira, qué hermoso. Siente el ambiente. Conéctate con él”, dicen mientras sacan 50 fotos, posando con nada de espontaneidad, quienes no pueden sentarse 20 minutos solo a respirar, a observar.

Cada quien se divierte como mejor puede, o quiere. A mí me gusta pasear sin rumbo, a otros revisar una guía turística con escenas ya expuestas en Internet. La pluralidad de gustos enriquece a la especie. Hasta ahí, todo bien. Pero llega un momento, un segundo, en el que, de forma inevitable, el plan deviene frustración. Cuando el autobús no sale a la hora pautada, cuando el clima no es el que queríamos, cuando se descarga el celular.

Mientras más posibilidades ofrece la tecnología, parece que algunos más reniegan de las pocas leyes que rigen la existencia. ¿Cómo se puede pretender que el mundo se adapte a todos nuestros requerimientos? Para un obsesivo de los planes, de las guías de viaje, de hay-que-hacer-esto-ahora-y-lo-otro-después-porque-así-lo-dispuse, la infelicidad es una patria garantizada. El primer día de clases, en primaria, deberían echarle un vaso de agua fría en la cara a cada niño y dejarle claro: “¡El mundo en ingobernable! ¡Acéptalo o sufre!”

Creo en la importancia de darle sentido a la vida al encontrarle respuestas a ciertas preguntas. ¿Quién soy?, ¿cómo soy?, ¿qué quiero hacer?, ¿qué puedo hacer?, y así hasta trazar una hoja de ruta con la que nos identifiquemos. Quizá, al que le sirva, plantearse metas por estaciones y definir cómo se piensa alcanzarlas. Como mapa, como guía de viaje, está bien. Es hasta necesario hacerlo: si no planificas aunque sea un poco, puedes acabar en medio de un bombardeo en Siria cuando lo que buscabas era una tarde de fiesta en Ibiza. Pero, a partir de ahí, conviene entender que interactuamos con fuerzas ajenas a nuestra voluntad. Que observar la playa mientras llueve tiene un encanto distinto a verla como sale en el folleto. Que conocer un sitio (La vida, podría decirse) es mucho más complicado que ir a una serie de estaciones explotadas por el merchandising actual. Que estar dispuesto a tomar un autobús cuyo destino desconoces y bajarte aquí porque te provocó es una experiencia que puede resultar agradable o no, pero que va a ser real, va a ser tuya y –por ende– es la que de verdad te va a enriquecer. Que vivir no es una guía turística, sino una crónica personal: un descubrir historias que no aparecen en los folletos.