jueves, 10 de noviembre de 2016

SONRISAS EN LA TURBULENCIA

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDERO DEL ÉXITO


Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

La constancia, el esfuerzo, el trabajo, la responsabilidad y el compromiso son algunos de los ingredientes que pueden llevarte a la cúspide en tu ascensión a tu montaña. Tu montaña puede ser fundar tu propia empresa, publicar tu libro, tener una familia, etc., en este artículo Lizandro Samuel ilustra, a través de la travesía de un soñador en un país de vicisitudes, cómo se pueden materializar los sueños. Si deseas recibir nuestras publicaciones en tu correo, suscríbete haciendo clic en el siguiente botón.




Después del título continental obtenido en 2015 por la Vinotinto de baloncesto, un país necesitado de alegrías se aferró a la altura de sus basqueteros para enunciar que aquí sí había noticias gratas. Surfeando en Facebook, no obstante, leí el típico mensaje cuyo tono se ha hecho más recurrente en los últimos seis años: “Me alegro bastante por esos chamos, que le han echado bolas. Pero no entiendo cómo los demás celebran eso, mientras el país se va para la mierda”. Se hacía alusión a la tan mentada crisis, como si la mejor forma de protestar contra la decadencia fuera asumiendo el papel de mártir. O desojando las alegrías. O practicando la inmolación de la felicidad. Como si cortarse un brazo fuera una forma de sensibilizarse ante las vejaciones que padecen los mancos.

A Jacobo Villalobos lo conocí en el 2014. Ambos fuimos seleccionados para participar en el último taller de narrativa de Monte Ávila que dictaría Carlos Noguera. El maestro falleció a mitad de curso. Su ausencia se convirtió en un imán invisible que solidificó algunas relaciones. Era como si un montón de bichos raros se hubiesen reconocido entre ellos y decidieran, a partir de ese momento, compartir sus historias entre pizzas, cafés y cervezas. Antes de su partida, Carlos escucho las intenciones de Jacobo de participar en el próximo Autores inéditos.

Era a quien el premio le hacía más ilusión. Desde noviembre de 2014, empezó a rumiar una inquietud: nos preguntaba si teníamos intenciones de competir. Era como si pusiera sobre la balanza a sus posibles contendores. Lo vi trabajar con ahínco y un nerviosismo infantil su primer borrador de relatos. De forma compulsiva pedía opiniones, mientras en un ejercicio de humildad se abrió a nuevos talleres y sugerencias que, a primera instancia, parecían ir en contra de lo que él entendía como narrativa. Era un niño revolviendo un baúl de ropa queriendo encontrar prendas de adultos.

Varias le quedaron bastante bien.


Una de las cosas que más me llama la atención de la violencia que pulula en Venezuela es como para algunos el mundo, ahora, de repente, se muestra inhóspito. Las primeras cachetadas de la brutalidad que acaecen sobre la Tierra parecieran haberles llegado recién desde unos años para acá. Ofuscados, no entienden cómo puede haber celebraciones en medio del caos. La pregunta debería ser, si me apuran, por qué hay personas que procrean en un planeta que ha hecho de la cotidianidad una guerra en Siria. Hay los que parecieran soslayar que en medio de la mierda también nacen flores. O que en este planeta que malqueremos no ha habido noticias de jardines de bienestar desde la prehistoria. Y eso porque por esos días no había forma de narrar las vicisitudes de los dinosaurios.


Jacobo es un estudiante aplicado con vocación de escritor. Su romance con las letras parece un amor de película rosa: sin buscar dinero en cada palabra, sin reescribir pensando en que ejerce su oficio principal, sin imaginarse (O eso me dijo una vez) como un narrador de tiempo completo que encuentra la comida gracias a sus publicaciones, se acerca a la literatura como si se tratara de aquel primer romance cliché en el que la desnudes es el paracaídas en el vértigo cotidiano. Una ilusión con la que convive en medio de su fascinación por la política y sus poses de pensador.

Formado entre la adversidad del deporte de alta competencia, me ha tocado ver tanto como jugador, entrenador y analista, la consistencia de los sueños. No es casualidad que los seres humanos escojan semejante palabra para designar sus más profundos deseos, como a sabiendas de que los mismos son imposibles, espejismos de la posibilidad de una vida mejor, imágenes que mantienen en su cabeza para no sucumbir en la mundanidad. Por eso, pocos se atreven a trabajar con la fuerza y las privaciones necesarias: como la derrota es lo normal, arriesgarse a asumir el fracaso equivale a perder el asidero que los mantiene con vida. Es como despertar en medio de un agradable sueño erótico.

Pero hay veces, muy pocas, muy raras, muy escasas, en que el talento, trabajo y la insistencia, se disfrazan de magia. Acaso una minúscula parte de la población puede construir gestos tan asombrosos en medio de un mundo que solo asegura la muerte. No importa lo pequeño o grande del logro, lo importante en su consistencia: es real. Alguien imaginó algo, lo quiso, se preparó, trabajó, sudó y lo alcanzó. La sucesión de acciones parece lógica, pero no lo es. ¿Cuántas personas, y en cuántos momentos de su vida, atraviesan cada estación de forma satisfactoria? La mayoría le teme a la humillación. Jacobo se valió de 26 humillados para que sus estados en Facebook no solo fueran quejas sobre la tan mentada situación país.

Su libro resultó vencedor de la edición 2015 del Autores inéditos. Fue publicado con Monte Ávila. El pasado viernes cuatro de noviembre se bautizó. Asistí al evento, abracé a mi amigo y le expresé mi orgullo. No por sus méritos literarios, no porque crea que tenga un gran porvenir, ni porque sienta que alcanzó un galardón de respeto (Aunque, en parte, también por todo eso), sino porque me permitió volver a ser testigo de las flores en medio de la mierda: aunque las ruinas del país se desmoronan, casi siempre hay pequeñas escenas que recuerdan lo asombroso de estar vivo.


Celebrar la vida es la mejor forma de negarse a claudicar.



<a href='http://www.freepik.es/vector-gratis/empresario-lanzando-billetes-de-banco_787435.htm'>Designed by Freepik</a>