jueves, 24 de noviembre de 2016

PELEANDO CON EL TIEMPO

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

En la entrega de hoy, Lizandro Samuel nos presenta un tema muy importante: el tiempo y en qué lo consumes. Con su particular estilo nos pasea entre argumentos, anécdotas, relatos y una sentencia final. A ti, querido lector, te damos las gracias por consumir parte de tu tiempo en la lectura de nuestro blog, esperamos que este artículo, y todos los que encuentras aquí, le sumen valor a tu vida.


In time (El precio del mañana, en Hispanoamérica) plantea un futuro en el que el dinero será sustituido por tiempo. Este escenario resulta cada vez menos ficcional. La película dirigida por Andrew Niccol pronostica un futuro en el que, quizá, el uso desmedido de las redes sociales y el Internet terminaron de convertir una gran herramienta en una pala para que la humanidad cave su propia tumba.

“El tiempo es oro y yo no quiero malgastar dinero”, canta Cuarteto de Nos. La canción se lanzó en una época en la que suele afirmarse que los días duran menos. O lo que es lo mismo: cada vez hay menos tiempo para cumplir con los deberes. La afirmación es tentadora, y aunque no faltan las teorías que dicen probar en mayor o menor medida que los días se han reducido, también conviene afirmar que hay dos cosas que han mutado en relación al pasado: las personas tienen agendas mucho más llenas y menos paciencia para cumplirlas.

Mientras hace cien años un artista podía sentarse durante horas a contemplar el cielo en busca de respuestas, o reposaba sobre su cama para pensar, hoy día cualquier escritor maldice la página de Internet que tarda seis segundos más de lo estipulado en abrirse. Investigar, comunicarse, pensar, indagar, son actividades que se realizan contra el reloj. En el presente todo es más rápido que antes. En vez de alegrarse, la humanidad demostró que la cantidad de insatisfacción que puede albergar es tan infinita como la estupidez.

El nueve de octubre de este año, El País publicó una interesante nota de Joseba Elola en la que habla de la posición actual del libro físico respecto al e-book. Los pronosticadores, como suele ocurrir en casi todos los ámbitos, fallaron el tiro: quien auguró la muerte del papel debe renunciar a su oficio de oráculo. Las imprentas no solo siguen en estado de gracia, sino que la venta de títulos digitales se ha desacelerado a una velocidad no prevista. El enemigo real del libro físico –y del digital, si se quiere– es otro.

“Instagram, Twitter, Facebook. Esas plataformas sí que han venido a ocupar tiempo de ocio (y de trabajo). Una de las víctimas colaterales es el libro, el viejo amigo. ‘Las redes sociales sí son un enemigo claro de la lectura’, dice sin ambages el editor Luis Solano, de Libros del Asteroide”, escribe Joseba. Y tal idea posee una consistencia que invita a no ignorarla. Un meme popular –lo que en esta época significa que tuvo una semana de fama– muestra a un muñequito que se dispone a buscar, digamos, el tráiler de una película en YouTube. Tres horas después, se encuentra preguntándose: “¿Cómo coño llegué aquí?”, mientras observa un video sobre perritos graciosos.

El tiempo es oro y se hizo costumbre malgastarlo en 140 caracteres, stalkeando a un ex en Facebook o buceándose unos abdominales en Instagram. Hasta la persona más desapegada de los celulares lo primero que suele hacer al despertarse es ver la pantalla de su teléfono. Y alguna vez ha dicho: “Ya va, respondo esto y nos vamos”, para disponerse a pasar cinco minutos más pulsando botones. Periodos de cinco minutos que sumandos a lo largo del día se transforman en horas. Y a lo largo de la semana representan días. Y a lo largo del mes, semanas. Y a lo largo de año, meses. Y a lo largo de los años… ¡Por supuesto que los días ahora duran menos!

Arma es una de las lectoras más disciplinadas que conozco. Admiro la velocidad con la que consume libros. A principios de año, andaba un poco apática. Diciembre de 2015 la tomó con más de 75 títulos nuevos leídos. En el primer trimestre del 2016, apenas y habrá llegado a la decena. En junio, una de las tragedias de la Venezuela contemporánea la dejó sin Internet hasta hace poco. Arma, cabe aclarar, tampoco tiene televisión. El resultado es que cuando se acerca diciembre de 2016, ya superó los 90 libros leídos. Su récord en un mes es de 16 títulos. La conclusión a la que llegó resume el quid de esta nota: “Lo que hace no tener Internet”.

La era de la hiperconectividad condiciona nuestra manera de enfrentarnos al mundo. Ahora, las personas que más valoro son aquellas con las que puedo hablar más de tres horas sin que bajen la vista hacia su teléfono. Y pocas cosas me resultan tan incongruentes como ver a mi hermana quejarse de que no le da tiempo de estudiar, mientras alterna las investigaciones que realiza con un vistazo, cada tres minutos, a Facebook, Instagram y WhatsApp. Estoy a favor de la tecnología y del Internet. Tanto que mis ingresos dependen en su totalidad de ambos. Pero para recargar energías ya no solo me hace falta aislarme en mi cuarto; ahora, y cada vez con más frecuencia, también necesito presionar el botón de apagado.



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