jueves, 6 de octubre de 2016

SEDUCTORES DE OFICIO

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO


Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

En el día de hoy Lizandro presenta un tema reflexivo y didáctico. Apunta a estos dos propósitos que resultan fructíferos para el aprendizaje. Como escritor deberás preguntarte si lo que produces realmente capta la atención del público al que quieres llegar, como lector quizás debes preguntarte si lo que lees es realmente lo que necesitas y quieres leer. La columna Senderos del éxito se publica todos los jueves, si no quieres perdértelos, te invitamos a suscribirte a nuestro blog al final de este artículo.

“Todos los estilos son buenos, menos el aburrido”, Woody Allen.

Las reacciones mostraban diferencias entre las personalidades de ambos. Mi madre aprendió una lección: el segundo hijo no tiene por qué parecerse al primero. Cuando terminó de leerle a mi hermanita uno de los mismos cuentos que yo anhelaba antes de dormir, esta le dijo: “¿Y eso es todo?” Julieta no tenía ni cinco años y ya le daba enseñanzas de vida a su progenitora. Muchos años antes, esperando a mi madre en la cama me quedé dormido. A la mañana siguiente lloré más que la primera vez que vi Titanic: caí en cuenta de que, por mi flojera, no me había leído las caricaturas de Trucutu.

No es que devoraba cualquier cosa que tuviera letras, es que mi madre había encontrado textos que me seducían. Un año disfrutamos (Quiero creer que ella también se gozaba el asunto)  de un libro con 365 cuentos. Uno para cada día del año. Con rigurosidad, cumplimos el desafío. A los ocho años me leí en unas pocas horas El caballero de la armadura oxidada. A las 12 ya había leído tres veces El viejo y el mar. A los 19, empecé a cargar un libro para todos lados.

Pero voy a ser honesto: a mí no me gustaba leer. Es más, pueden conjugarlo en presente: no me gusta. Al menos no eso que se supone que debería consumir. No eso que producen los quejones que andan por el mundo despotricando contra la incultura de los demás. Y menos que menos la mayoría de las cosas que se publican. Algunos empezaron a vender una supuesta realidad: la gente no lee. En vez de pelear con ellos, con el tiempo les he dado la razón: yo tampoco leo.

Julieta, por sí sola, encontró algunas cosas que le interesaban. Se fijaba en ellas, les prestaba atención. Creció viendo a su hermano escribir y leer. Leer y escribir. Comprar libros, llenarse de libros. Irse a un rincón en las aburridas reuniones familiares a dialogar con letras impresas. Eso despertó su curiosidad. Me pidió recomendaciones.

La cantidad de lecturas que no acabó por considerarlas fastidiosas era equivalente al número de periódicos que yo despachaba luego de descubrir que el tedio también se fabrica en las salas de imprenta. ¿Cómo decirle que llegara al final? Con obstinada insistencia me propuse culminar los libros que arrancaba, muchos de los cuales me mandaban a leer en el liceo: los padres deberían de preocuparse menos por las horas que sus hijos pasan frente a los videojuegos que aquellas que por obligación invierten en decepcionarse de la lectura. Con el tiempo entendí que la vida no se inventó a favor del masoquismo. Leer por obligación es más infructuoso que un matrimonio obligado: la viudez y el divorcio al menos acarrean una compensación económica.

En el maravilloso prólogo de la antología de crónicas de Soho, Daniel Samper Ospina contó los prejuicios que tuvo que vencer una revista de desnudos para decidirse a incluir literatura de no ficción en sus ediciones. Las ganancias fueron más sabrosas que un divorcio millonario.

Para los que no estén al tanto, Soho es una de las tantas revistas de Latinoamérica en la que posan modelos desnudas. Se supone que en su idea está la elegancia y hacer de quitarse la ropa algo glamuroso. Como de esas cosas no tengo idea, paso a lo que me compete. El equipo editorial creyó que una de las formas de revalorizar la marca era publicar crónicas. Se enfrentó ante las creencias de los dueños, los que ponían la plata. La reticencia de estos últimos estaba arraigada en las letanías que ya todos hemos escuchado: la gente es floja, no le gusta leer. Les expusieron al equipo editorial lo siguiente: ¿de verdad creen que una revista que la mayoría de los hombres compra para tener una charla íntima con su mano puede publicar literatura de no ficción?

Escribe Daniel Samper Ospina:

Yo me permito suponer lo contrario: la gente lee. Lee lo que le despierta curiosidad: claro que lee. Pero no le despierta curiosidad un artículo en el que un editor ha concentrado su esfuerzo, no en encontrar un tema que despierte asombro y tenga algo de belleza narrativa, sino en aplastar el texto que le han traído: en recortarlo, llenarlo de fotos amplias y destacados gigantescos porque la gente no lee. Es obvio: ¿quién diablos se va a leer algo a lo que se le nota el prejuicio de haber sido hecho para el consumo de un idiota?

Jorge Luis Borges, un escritor con fama de denso, instaba a sus alumnos a leer por goce. Si no les gustaba Shakespeare, ¿por qué tenían que leerlo? ¿Por qué a él le gustaba? La vida fuese tediosa sin la diversidad de gustos.

En 1958, el mítico Gay Talese fue transferido de la sección de deportes del New York Times a la de noticias generales. La gerencia del periódico quería elevar la calidad de la escritura. Turner Catledge era el director editorial. A él, según Talese, el periodismo le recordaba a un elefante: “Era inmenso, confiable y testarudo. Era lento para aprender nuevos trucos y era torpe. Si esperábamos que bailara, más le valía hacerlo bien, o de lo contrario se vería bastante ridículo en público”. El Times era considerado un diario de datos duros: la información por encima de las formas. La llegada de la televisión hizo al público más exigente: ya no leía los periódicos porque sí, ahora debía ser seducido. Era hora de prestar tanta importancia a las formas como a la información.

Ahí entraba el gran Talese, quien tuvo grandes problemas con sus editores: se mostraban reacios a los recursos literarios que usaba el joven periodista. A modo de castigo, lo mandaron a cubrir noticias pequeñas. El rebelde Talese las narró con maestría. Le habían asignado eventos de relleno y él usó ese material para escribir piezas que 50 años después siguieron vigentes. Gay fue un estudiante de bachillerato mediocre, pasó por la universidad sacando notas promedio y recibió el oprobio de varios de los pesos pesados del Times. Se le considera el padre del nuevo periodismo y su trabajo se estudia hoy día en las universidades de todo el mundo. Los mismos editores que tildaron de incultas a las personas, por preferir la televisión por encima de sus diarios, vieron cómo un escritor que respetó al público y se propuso seducirlo se convirtió en leyenda.

Ah, por cierto: Soho, después de empezar a publicar crónicas hechas por algunos de los mejores autores de Latinoamérica, pasó de 178.100 lectores a 1.026.500.

En el mundo hay un sinfín de cosas más divertidas que perder el tiempo leyendo algo pesado. Los editores, periodistas y escritores que se quejan de que la gente no lee son como un hombre molesto porque las mujeres no se acuestan con él. ¿Qué obliga a las chicas a tener sexo con alguien que no las atrae? El problema no está en los lectores, sino en los productores de contenido. Si usted quiere que la gente lea más, sedúzcala mejor.

Julieta fue encontrando libros que la obligaban a llegar al final. Mi hermana es una danzarina con la capacidad de atención de un millennial adicto a los tutoriales de YouTube. Hace poco terminó It, una novela de 1503 páginas. Cuando leyó algunos cuentos de Francisco Massiani, se identificó con el lenguaje. “Quiero leer más cosas así”, comentó. La atrapé viendo un catálogo de libros. Se devoró Payback en dos días. Disfrutó tanto el estilo de Lucas García París que cuando compré La más fiera de las bestias soltó un grito de emoción. Lo leyó en una semana, mismo tiempo que le tomó llorar con el final de Blue Label. Hace poco la vi con una novela de 400 páginas.


Sí, estoy de acuerdo con eso de que a le gente no le gusta leer, pero habría que completar la frase: no le gusta leer cosas aburridas. La arrogancia de la industria ha hecho pensar que el público está equivocado, cuando el real problema está en los productores de contenido. Si alguien quiere despertar deseo entre las personas, debe mejorar sus técnicas de seducción.