jueves, 20 de octubre de 2016

BOB DYLAN Y LOS PATRONES QUE SE REPITEN

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO


Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

Mucho se ha dicho sobre el recién resultado del premio Nobel de Literatura. La noticia ha causado todo tipo de emociones, opiniones y análisis. Desde una perspectiva muy particular, Lizandro nos regala un enfoque interesante para los seguidores de Luna Azul Ediciones.



Mi madre escogió un buen año para tomarse en serio sus clases de guitarra. El mismo en el que por primera vez un músico ganó el premio Nobel de Literatura. Ambas anécdotas representan un desafío a los convencionalismos. Que alguien que hace rato pasó la mayoría de edad aprenda a tocar un instrumento para algunos sería una locura. Por su puesto, tal hazaña no esconde pretensiones profesionales. Para mi madre, es solo un hobby, una forma de conectarse con sus emociones. Ese fervor amateur con el que a su edad disfruta de compositores en YouTube recuerda la sensación de descubrimiento que debería mantener todo creador. O por la que debería evaluársele. Pero el mundo del arte no es para nada inmaculado.

Jorge Luis Borges desdeñaba del fútbol con envidiable rebeldía. Solo a él se le permitiría hacer una conferencia el mismo día en que la Albiceleste debutaba como local en el Mundial de 1978. Entre sus argumentos en contra del fútbol estaban las palabras innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial. Han sido muchos los académicos que han criticado no al deporte, sino a la industria que lo rodea. Siendo como soy hombre de fútbol, a veces no puedo más que darles la razón: ¿cómo defender a turbas de hinchas que agreden por “amor a lo colores”? ¿O un showman que se hace llamar periodista mientras enardece a la afición a cuestionar a futbolistas? No se puede, por supuesto. Como tampoco puedo justificar que exista la realeza en el siglo XXI o que haya quienes vayan a iglesias luego de las atrocidades que se han cometido en el nombre de Dios.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que el patrón que repudias en tu área de trabajo suele repetirse en cualquier ámbito. Con matices, pero ahí está. Mis redes sociales no estallaban en un debate tan enardecido sobre el merecimiento de un permio, desde la gala del Balón de Oro. ¿Quién debía llevárselo, Messi o Cristiano? ¿Es justo que le otorgaran a Dylan el Nobel? Cambia el léxico, se mantienen las actitudes. No importa si es un obrero londinense o un académico con doctorado en Yale. El borracho de cerveza huele igual de desagradable que el ebrio de vino.

Las discusiones sobre los merecimientos son pan de cada día en el deporte. Para un atleta, ganar tiene que ver con imponerse dentro de una competición con unas reglas más o menos claras. La victoria suele ser un condición objetiva, aunque se dude de los árbitros y se le rece a la suerte. Esto se rompe en las distinciones individuales tipo “el jugador más destacado del mundo”. Ahí siempre hay un beneficiado: la industria y la prensa. Se inventaron debates insulsos para enriquecerse económicamente de cada segundo en tv y cada línea publicada. Semejante pululación de idiotez tendría menos sentido en actividades artísticas. ¿No se hizo el arte para transmitir emociones? ¿Qué coño importa quién es mejor o peor? En la era de la globalización, la cultura mediática del fast food tiene un local en todos lados.

Un amigo a quien quiero mucho es un obsesivo de los concursos. Como escritor en iniciación, solo hay dos cosas que le quitan el sueño: los trofeos y las conejitas Play Boy. Por excesiva fe en su talento, lo segundo le resulta más improbable que lo primero. El hombre que ha recibido la aprobación de varias personas entendidas en la materia, necesita que un jurado seleccione un cuento suyo para sentirse un verdadero escritor. No solo algunos deportistas de alta competencia tienen vacíos emocionales.

¿Cómo se puede determinar qué artista es mejor o peor? Hay, sin duda, formas de ponderarlos. Pero si nos ponemos exigentes y tratamos de escoger al mejor cuentista de la década, pasaremos horas debatiendo entre algunos 50 nombres. Eso si se consigue a alguien que se haya leído a todos los cuentistas de 194 países a lo largo de diez años.

Las personas sufren por el mundo. Y sufren porque no lo comprenden. La ignorancia intrínseca al ser humano, de la que es imposible alejarse en su totalidad, empuja a la construcción de estructuras y reglas reconocibles. Se necesita de símbolos, frases y creencias, para que el mundo resulte un lugar más amigable. La vida se encarga de ir desmontando todo lo que se creía que era cierto, pero en ocasiones la obstinación humana necesita poner cada cosa dentro de una casilla: ¿qué elementos debe tener un buen escrito?, ¿cómo se evalúa ítem por ítem la calidad de un futbolista? ¿Cuál es la mejor película del siglo XX? La falta de respuestas concretas hace palidecer a más de uno. Y esa involutiva necesidad de tener la razón brota por los poros. Eso lo entendieron los empresarios detrás de los grandes premios de las industrias. Enriquecerse explotando las inseguridades ajenas. Buen negocio, claro que sí.

La pregunta detrás del circo no es si Messi es el mejor jugador de la historia o si Dylan debía ganar el Nobel, es ¿por qué hay quienes se toman tan en serio los premios? Cualquier galardón más que reconocer al mejor en algo valora la calidad de su trabajo. En el arte esto debería verse más claro. Hace meses escuché que luego de varios años sin rendirse, Leonardo DiCaprio al fin ganaba un Oscar. ¿Necesita un actor de su talla una estatuilla que valide su talento? ¿De verdad el tipo aceptaba papeles pensando en ser agasajado en la gala? No hay forma de saber esto último, pero algo tengo claro: DiCaprio era igual de buen o mal actor un minuto después de que lo anunciaran como ganador que un minuto antes.

Claro, todo lo que genera a nivel de publicidad reconocimientos de esos quilatas debe ser aprovechado para difundir la obra del ganador. Y este último puede gozarse su título sin remordimiento: ¿a quién no emocionaría la posibilidad de que su trabajo adquiriera tal grado de relevancia mediática? Sentirse superior al que no lo ganó ya es otra cosa; sería una postura, si se quiere, un tanto infantil e ingenua.
La trascendencia de una obra no la ponderan académicos, jurados, críticos, etc. La pondera, a lo largo de los años, el público. Jorge Luis Borges nunca se ganó el Nobel, pero es más leído que algunos de los autores que sí lo hicieron. Al respecto, no hay líneas de las que alguien puede asirse: ¿qué es arte?, ¿qué es un buen escrito? Puestos sobre el papel, ¿qué es literatura?

Mark Everett y James Rhodes son dos músicos que escribieron sendos libros que me han conmovido más que la mayoría de las publicaciones de muchos escritores de tiempo completo. Cosas que los nietos deberían saber e Instrumental a mí me tocaron más hondo que grandes obras de la literatura. Y he encontrado más belleza es las creaciones de autores de no ficción como Gay Talese, Juan Villoro y Alberto Salcedo Ramos, que en novelas consagradas que se estudian en las universidades. No quiero decir que ellos sean mejores que otros, solo que a mí me gustan más y entre las líneas que he consumido infatigablemente desde que aprendí a leer las escritas por ellos ocupan un lugar alto en mis estimaciones.


No sé si Dylan merece o no el Nobel. No conozco el trabajo del músico y nunca le he prestado mucha atención al premio. Tampoco poseo distinciones para hacer un estudio sobre una u otra cosa. Sobre lo que sí he reflexionado durante años es respecto a aquellas conductas humanas que me hacen preferir el silencio de mi cuarto que el ruido de las redes sociales. La contaminación cognitiva está potenciada por la era de la hiperconectividad: nada más fastidioso que alguien con una opinión para todo. Lo innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial cambia de lenguaje y de formas según el contexto, aunque existe por igual en estadios que en bibliotecas.