jueves, 22 de septiembre de 2016

EL PODER NO (SIEMPRE) CORROMPE

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO


Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

Hoy es jueves de éxito. Para nuestros amigos escritores y emprendedores, les traemos este artículo escrito por Lizandro Samuel, en el que, a través de una anécdota personal y laboral, nos permite conocer ciertos rasgos relacionados con el liderazgo y la actitud que debe desarrollar toda persona interesada en sobresalir en lo que hace. Para no perderte ninguno de los artículos que publicamos en nuestra plataforma de Luna Azul Ediciones te invitamos a suscribirte y recibirlas en tu correo.

La empresa celebró su aniversario en la Hacienda Santa Teresa. Ron, mojitos, rugby y comida. Fino. Luego del almuerzo, The Boss empezó uno de sus discursos. Su talante amable es tan famoso como los largos minutos que puede extenderse en una idea. Cuando dice: “Yo solo quiero decir tres cosas rapidito”, el adjetivo final se convierte en una de las pocas ambigüedades que se pueden escuchar de su boca. Ese día habló del PRI, el partido político mejicano que ostentó la presidencia del país desde 1929 hasta el 2000. El siglo XXI dejó en el pasado una práctica que The Boss quiso retomar con nosotros: consejos por escrito.

Según relató, el presidente saliente del PRI le daba al entrante un sobre cerrado que contenía lo que a su consideración era la información más valiosa para ejercer el cargo. Dichos consejos permanecían en secreto. The Boss realizó su versión de este ritual. Todos recibimos la misma información y se leyó en voz alta:

1.      Trabajar en equipo. Complementarnos y comunicarnos: “Juntarse es el comienzo. Mantenerse juntos es un progreso. Trabajar juntos es el éxito”, Henry Ford.
2.      Cuidar y valorar lo que se informa, lo que escribimos: “La mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor”, Gabriel García Márquez.
3.      Actuar siempre responsablemente desde lo personal: “Después de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir, y prudencia para sobrevivir”, Fernando Savater.
4.      La calidad y los efectos o resultados del trabajo nos definen: “Solo existes por lo que haces”, Federico Fellini.

El punto tres de la carta tiene mucho que ver con mi historia de vida. A medida que fui abandonando el regazo de mi madre, me sentí cada vez más incomprendido. Como un bicho raro, pues. Hoy ostento ese título con orgullo y me ha servido para construir honestos y fuertes lazos de amistad con otros que también sentían que hablaban un idioma distinto. “Los bichos raros nos llevamos bien entre nosotros”, me dijeron, en dos momentos diferentes, dos amigas que no se conocen entre ellas.

“Coraje para vivir” es algo que me di cuenta, por ahí a los 15 años, que me haría falta. Empecé a definir vivir en mi diccionario. Mis padres, familiares, maestros, compañeros y la mayoría de personas a mi alrededor, repartían recomendaciones que me recordaban que era mejor “tener prudencia para sobrevivir”: convenía ignorarlos en silencio. Si me hubiese caracterizado por seguir los pasos que los demás, con buenas intenciones, querían que diera hoy estuviese tomando antidepresivos. O me hubiese metido una bala en la cabeza. Aunque, pensándolo bien, creo que ya he madurado: a estas alturas preferiría las pastillas, son menos pretenciosas.

Mis rasgos personales, la ausencia de un padre y asumir que si quiero pasarla bien en la única vida que tengo lo más efectivo es ese cliché de oír al corazón, desembocaron en cierto conflicto con la autoridad y resistencia para acatar normas que no me convenzan o a las que no encuentre sentido.

Crecer en un país donde la mayoría se formó oyendo que “esto se hace así porque yo lo digo y punto” es difícil. En una sociedad corrupta, el autoritarismo paterno pasa a las normas arcaicas de un sistema educativo que fracasó hace años, y alcanza la adultez en el “sí, señor” y “no, señor” con el que cientos aprueban órdenes idiotas. Ser corrupto y déspota no es complicado acá: solo hay que dar órdenes. Las concepciones de correcto e incorrecto se entienden como obedecer y no obedecer.

He tratado con varias personas que tienen alguna posición de poder. Y muy pocas de ellas merecen confianza. Son menos aun las que seducen, convencen y no se imponen. Con esas experiencias previas, conocí a The Boss.

Las relaciones de poder ofrecen la sensación de superioridad de una de las partes por encima de la otra. Si no se está bien preparado, es fácil cegarse. The Boss jamás me habló como si fuera más que yo. Sus normas resultaron claras y sus intenciones, también. Era capaz de alzar la voz mientras te hablaba de jefe a empleado, para unos minutos más tarde aclarar con tono suave: “Tranquilo, en lo personal no ha pasado nada. Pero en lo laboral, sí”. La línea siempre fue clara.

Aunque desde su posición podía hacerlo, le pesaba el verbo ordenar. La sustituyó en su vocabulario por sugerir. Bastaba ver su rostro insistente para entender cuándo una idea estaba más cerca de lo primero que de lo segundo.

Exigía trabajo. Predicaba con el ejemplo: era el primero en llegar y, a veces, el último en irse. El lugar común era llevado al extremo: ron de por medio –o eso confesó para no dejarse ver tan obsesivo–, me consta que los fines de semana seguía pegado a la computadora. A la medianoche la gente duerme, lee o rumbea. Él trabaja.

Me defendió cuando lo consideró oportuno. Medió en varias decisiones que me involucraban. Supo halarme las orejas y también sacarme las patas del barro. En público, señaló mis fallos usando un tono aleccionador. Me exigió lo que sabía que podía darle. Y sin grandilocuencias ni aspavientos –la demagogia no es lo suyo– me felicitó en el acierto. The Boss me mostró algo que intuía: se puede estar en una posición de poder manteniendo la honestidad y la transparencia. Mi mayor respeto laboral se lo granjeó en medio de nuestras diferencias ocasionales de criterios: nunca nos alzamos la voz, respetamos las opiniones del otro y encontramos soluciones sin dramas.

Si la convivencia laboral tuvo momentos más o menos desafiantes, la personal se afianzó gracias a lo anterior. En la adversidad surge el carácter de las personas. Y ahí descubrí que The Boss está obsesionado con la ética. “Ustedes son definidos por lo que hacen y cómo actúan, lo demás es pura paja”, nos aclaró. Mientras a muchos les cuesta ponerse adjetivos, él deja que las acciones sean su tarjeta de presentación. La mayoría de las veces, queda bien.

Siendo hora de seguir mi camino, quise hacerlo con las mayores consideraciones hacia la empresa y quien la dirige. Partí con cada cabo suelto. En la reunión de despedida, The Boss retomó el cuento del PRI. Antes de desearme éxito, elevó el ritual realizado en la Hacienda Santa Teresa. Me dio tres consejos personalizados. Salí de su oficina con ganas de seguir las reglas de una tradición con la que supo seducirme: sus recomendaciones quedarán en secreto.


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