jueves, 29 de septiembre de 2016

EL COLECCIONISTA DE CONCURSOS

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

El emprendimiento y la literatura tienen mucho en común. Lizandro lo sabe. Por eso contamos con él en esta columna en la que nos hemos propuesto brindarles aportes significativos a escritores noveles y emprendedores. Nuestra intención es servirles de apoyo en el sendero que han escogido y puede conducirlos al éxito. Hoy esta columna se centra en uno de esos escritores que están centrados en sus carreras, y resalta ciertos aspectos que deben considerarse para consolidar una carrera. Desde Luna Azul Ediciones, les invitamos a seguir a Lizandro en sus redes sociales y así leer sus columnas en distintos medios digitales. También queremos invitarles a suscribirse a los artículos del blog haciendo clic en el siguiente botón.

No tenía una imagen previa de Gusmar Carleix Sosa. Solo conocía su nombre: había logrado el primer lugar del mismo concurso de crónica en el que yo había recibido mención. Llegué tarde al encuentro entre ganadores y jurado. Ubiqué cada rostro que conocía. Por descarte supe que él era a quien, semanas antes, había confundido con una mujer.

La cosa fue así: me enteré del veredicto y di una felicitación colectiva en mi Facebook. Me referí a él como “la ganadora”. Al día siguiente tuve que editar el post. Luego de vernos en persona, Gusmar y yo nos hicimos “amigos” en Facebook. Empezó a seguir mis trabajos y yo a conocer más sobre los suyos. Me di cuenta de que era un coleccionista compulsivo de concursos.

He conocido a pocos escritores con una consciencia tan clara del mercado editorial, metas tan definidas y una asunción tan arraigada de la literatura como oficio. Mientras algunos buscan inspiración, él planifica su carrera.

Un vez escuché a José Tomás Angola afirmar: “La literatura es 90% transpiración y 10% inspiración”. En una parte de Mientras escribo, Stephen King explica que conoce a un par de autores noveles. Detalla con cuidado los pasos que están siguiendo para progresar. No habla solo de asuntos artísticos, sino de cosas prácticas alusivas al mercado laboral. Leen las revistas de literatura, mandan textos a aquellas que se ajusten a sus intereses, se aseguran de tener un buen puñado de publicaciones antes de llamar a una editorial, consumen todo lo que se está publicando en medios a los que ellos quieren entrar, etc., etc., etc. No sé si Gusmar se leyó esa biografía de King, pero está emprendiendo pasos similares. Incluso dobló la apuesta. Algunos hablan de musas y otros les rezan a los antiguos maestros, él contrató un coach.

Los grandes finales, si se hacen bien, significan grandes comienzos. En el 2007, Venezuela realizaba la primera Copa América de su historia y llevó a cabo un referéndum constitucional que perdió el chavismo. Las noticias importantes salpicaban la vida de un zuliano que soñaba con libros. Para no quedarse fuera de la rueda de cambios se divorció y empezó a escribir.
Salir de su primera esposa le alborotó la creatividad. Habrá que ver si cuando llegue la segunda y –posiblemente– la tercera se producirá un efecto similar. Lo único claro es que espera ser un autor consagrado para ese momento. No de nivel nacional, donde aún su nombre no circula con recurrencia, sino a escala mundial. Algunos le dicen que está loco. Él afirma que lo suyo es convicción.

Tenía 27 años. Se sentó a escribir. Recordó un pueblito que detestó en su adolescencia: Consejo de Ciruma. Lo rechazó entre sus 13 y 17 años. Sus padres habían decidido mudarse desde Maracaibo contra su voluntad. Las primeras historias de cada narrador suelen remitir a vivencias propias, nudos por resolver. Pensando en Ciruma, escribió su primera novela. La envió a un concurso en México. Resultó finalista. Era el 2008.
A partir de ahí, su nombre ha figurado en alrededor de 16 concursos, está incluido en tres antologías de cuentos y posee cinco libros publicados en físico. En digital, la lista se incrementa.

El divorcio lo dejó viviendo en una pequeña habitación atestada de libros. Una prisión de polvo con múltiples llaves hacia infinitos universos. Conoció por Internet a una española llamada Febe Mendoza. Como ambos son hijos de padres teólogos, se pusieron a discutir si algún dios había propiciado su encuentro. Gusmar le contó sobre una novela que quería escribir. Ella le enseñó técnicas de narrativa. Entre zumbidos de Messenger, el marabino conoció el coaching literario. Nueve años después, sin divorcio de por medio pero sí luego de vivir unos meses en Aruba, decidió volver a recurrir a un coach.

De día, Gusmar trabajaba en una empresa de seguridad. De noche, combatía el crimen (O cometía crímenes), es decir, escribía. Se mudó a la isla. Allá volvió a entrar en estado de efervescencia. Le dio la gana de vivir haciendo lo que le gusta. Mandó todo al carajo y regresó a Venezuela. Compró la mitad de Luna Azul Ediciones y empezó a hacer cosas más cercanas a sus intereses. Hace poco me comentó que puso la mira sobre unos concursos en España. Estudió la cultura de cada región del país en la que planeaba concursar, escribió cuentos ambientados entre Venezuela y España, mandó los textos. Espera resultados. El experimento –en el peor de los casos– le servirá para tomar nota de aciertos y errores.

Quien entre a sus redes se conseguirá con un Gusmar magnánimo. No planeo contradecir esa impresión. La primera vez que lo vi, su forma de desenvolverse me resultó un poco vanidosa. Conociéndolo en privado, me ha inspirado respeto la convicción que posee en sí mismo y lo organizado que está para alcanzar al éxito. Más allá de la grandilocuencia ocasional, se emociona con cada libro que lee, cada debate, cada logro que cosecha, o cada contacto con un autor que admira, de una forma que resalta cierto espíritu amateur en un hombre que ve la literatura como una carrera u oficio remunerado y no como un hobby o una pasión a la que buscar espacio entre sus compromisos. Su obligación principal es escribir.


El ambiente literario venezolano es cada vez más pequeño: se extiende la creencia que de la aprobación de algunos nombres conocidos depende el éxito. Gusmar trabaja con un coach, mediante sesiones en Go to meeting, al que escucha y agradece sin depender de su opinión para actuar. Desarrolló un instinto propio para escucharse con detenimiento, para intuir qué le conviene y qué es lo que quiere y lo que no. Al único que trata de complacer es a sí mismo. En su lista de metas aparece el nombre de los grandes premios. Si de verdad el éxito depende en un 90% de la transpiración, él seguramente seguirá coleccionando concursos. No hay misticismos, suerte o palancas; solo trabajo y organización.