jueves, 18 de agosto de 2016

SOBRE LOS MERECIMIENTOS EN LA VIDA

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA “SENDEROS DEL ÉXITO”.

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)


Lograr las metas depende de muchos factores, en el caso de la metáfora que nos presenta hoy Lizandro en su columna, se necesita conocimiento de técnicas, entrenamiento, si se quiere un poco de suerte para que los factores externos permitan tu buen desempeño, y si no se tiene esa suerte, ayuda mucho el empeño, esfuerzo y la capacidad de adaptación. Antes de que te sumerjas en las reflexivas palabras de nuestro columnista, queremos recordarte que Luna Azul Ediciones te ofrece herramientas para tu éxito personal como escritor y emprendedor, es por ello que hemos querido ofrecerte la oportunidad de adquirir de forma gratuita una guía breve con Los pasos para un negocio Online exitoso, es completamente gratis, solo debes hacer clic al siguiente botón.



Aprovechando los Juegos Olímpicos se me antoja resucitar un debate que está algo podrido gracias a la prensa, pero que tiene valor respecto a la forma en la que encaramos la vida y los retos laborales. El merecimiento. Es un concepto tan raro que mientras los artistas laureados dicen no merecer tanto, los deportistas se quejan –tras una derrota– de que merecían ganar. Para complicar más la visión del mundo, los seres humanos nos inventamos algo abstracto y ajeno al hecho concreto en sí (Si se logró o no el objetivo). Se haya o no cruzado la meta, a veces parece que lo importante es quién lo merecía más.

La columna nace a raíz del tenis. Juan Martín del Potro hizo uno de los torneos de su vida. Su nombre era recordado solo por los argentinos: las lesiones le quitaron el mote de promesa a su carrera y le pusieron el adjetivo lamentable. Llegó a Río, se quedó encerrado en un ascensor alrededor de cuatro horas antes de su primer partido, salió del mismo, se dirigió a la cancha y eliminó al mejor tenista del momento: Novac Djokovic. Con el paso de las jornadas, en la grada empezaron a alentar a Delpo con cánticos futboleros, como si él solo fuese todo un club.

En semifinales eliminó a Rafael Nadal, tenista espartano cuyas heridas le impidieron ocupar los galones que hoy tiene Djokovic. Y en la final sucumbió ante el británico Andy Murray, quien logró su segundo oro consecutivo. El lenguaje corporal cansino de Delpo y la sonrisa aniñada de Andy se fundieron en un abrazo. Aunque el primero perdió y el segundo ganó, la sensación de triunfó personal colmó toda la cancha.

¿Quién lo merece más?


La resurrección de Del Potro merecía bañarse en oro. Pero, ¿las lágrimas de Djokovic, quien nunca se ha colgado una medalla olímpica, no merecían ser de alegría en vez de frustración? ¿Y qué hay de Nadal?, ese atleta, que llegó cansado y lesionado a Río, muerto tantas veces y revivido por algún extraño sentido de competitividad. La prensa discurría entre estos comentarios, porque tiene la odiosa idea de que los más famosos son los más importantes. Alto. ¿Kei Nishikori no hubiese sido recibido como un héroe en Japón si llegaba a la final? ¿Cuántos tenistas hay por debajo del nivel de ellos cuatro que trabajan duro pero jamás saldrán en primera plana?

Arrogantes por costumbre, nos movemos por el mundo como si este tuviese una deuda hacia nosotros, o hacia nuestros afectos o partidismos. Nos quejamos cuando no alcanzamos una meta, “porque nosotros merecíamos llegar allí”. ¿Y acaso la persona que llegó no lo merecía también?, sea porque trabajó mucho o solo porque tenía más recursos para alcanzarla. Toda posibilidad de superación, de análisis de las circunstancias y de entendimiento de nuestros errores y aciertos, se elimina si nos imbuimos en el debate quejicoso de quién lo merecía más y quién lo merecía menos. Si revisáramos la historia de todos los tenistas que compitieron en Río, seguro que en el 80% de los casos encontraríamos cosas que merecerían un oro.

Competir mejor


Aunque esta época sea de fáciles adjetivos, menos del uno por ciento de la población merece el calificativo duradero de genio. Siguiendo con la metáfora del tenis, si son pocos los que llegan a la élite, se cuentan con una mano los que a lo largo de la historia hayan tenido el potencial de Roger Federer.

Por eso, perder es natural. Incluso para los que son como Roger.

Djokovic, Federer, Nadal, Murray, Del Potro, Nishikori. Todos han perdido más torneos de los que han ganado. Y seguro que en la mayoría han hecho méritos para lograr un primer lugar. Perseguir logros tangibles –dinero, asensos, propiedades, medallas– es sano. Creer que somos los únicos en el mundo que merecemos conseguir esas cosas es egocéntrico.

Hace poco conversaba con un atleta profesional, quien me decía, en tono íntimo, que sabía que su sueño era casi imposible. Está lejos de la élite mundial y lo que más anhela es poco probable que lo alcance. Pero, ¡qué vida ha llevado gracias a perseguir esos objetivos!

Hasta cierto punto, la mayoría de nosotros merecemos logros tangibles, aunque acceder a estos sea algo de carácter exclusivo. Alzar una copa a veces depende menos de nosotros que el hecho de fraguarnos posibilidades reales de competir por ella. Asumido lo anterior, será más fácil entender las derrotas. Para progresar en cualquier ámbito, me parece, hay que invertir más energía en analizar cómo podemos competir mejor, que en averiguar si las personas a nuestro alrededor merecen más o menos las cosas a las que también aspiramos.


Luna Azul Ediciones está comprometido con el éxito y con las personas que desean alcanzarlo a toda costa, por eso, ofrecemos servicios en diversas áreas para que los emprendedores puedan lograr sus metas con firmeza y de manera tangible, si quieres conocerlos solo debes dar clic aquí




Vectores tomados de: <a href="http://www.freepik.com">Designed by Freepik</a>