jueves, 25 de agosto de 2016

PARAR ANTES DE PISAR EL ACELERADOR

luna azul ediciones

COLUMNA: SENDERO DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel).

En el día de hoy Lizandro toca un tema importante para todo individuo con mentalidad creativa, y al decir mentalidad también nos referimos a actitud, pues si algo nos caracteriza es eso de los horarios revueltos, los ritmos acelerados (o pausados en ocasiones, pero siempre contracorriente) y algunas locuras que nos quitan el sueño. Esperamos que el siguiente artículo sea de provecho para tus procesos. Queremos recordarte que Luna Azul Ediciones ofrece sus servicios editoriales con la intención de convertirse en aliado de tu emprendimiento y así puedas encontrar un equilibrio en tus quehaceres.

Cuando el narrador de la canción Al cielo no, de Cuarteto de Nos, decide morir hay algo que tiene claro: no quiere ir al Cielo. En medio de la depresión que lo lleva al suicidio encuentra el tiempo para analizar una situación que considera importante. La sociedad actual prohíbe la pausa y apoya la aceleración sin importar adónde conduzca. Cuando se dice que las decisiones de alguien lo llevaron al Infierno, en realidad se está cuestionando la vía y no el destino: es fácil perder la dirección si nunca nos paramos a preguntar.

La lección la aprendí antes de los seis años. Mamá, papá, dos primitas que me superan en edad y yo, íbamos a algún resort en Higuerote. Los niños ocupábamos la parte de atrás del carro, siendo testigos de cómo la conversación entre los adultos fue ganando tensión. Se hizo evidente que mi papá, quien iba al volante, se había extraviado. Su negativa a pararse a preguntar nos retrasó varias horas. Recuerdo con nitidez la explosión de ira de mi madre. Tanto que hoy soy un adulto preguntón en la calle, al punto de que he llegado a desesperar a quienes anden conmigo. Creer que no necesitamos detenernos es la mejor manera de alejarnos del lugar al que queremos llegar.

Durante estos meses, personas cercanas me han recordado la importancia de dormir. 16 horas de trabajo diario es un ritmo difícil de mantener. Dicho trajín construyó un mito alrededor de mí: que soy un workaholic que rechaza cualquier forma de ocio. Lo cómico está en que, por naturaleza, me gustan las rutinas pausadas y pasar horas leyendo, viendo fútbol o películas. Pretendía estar unos cuantos días en esa rutina cuando, en el único de mis trabajos que me exige presencia física, saliera de vacaciones. El resultado fue tan lógico como, para mí, inesperado: la situación de pos estrés en la que me sumí convirtió en un deporte olímpico el mover los dedos para cambiar el canal de la televisión. El cuerpo se me puso pesado como un yunque, se me desató un hambre de mendigo, me dio un sueño mezclado con insomnio, me engripé y empecé a procesar emocionalmente cada situación que había afrontado en las últimas semanas. Bienvenido a las vacaciones.

Escribe Juan Villoro: “Los políticos del Tercer Mundo aseguran que no han tomado vacaciones en los últimos veinte años y el presidente de los Estados Unidos mueve ejércitos mientras pesca en su rancho. Unos fingen que trabajan y otro que descansa. Más allá de este juego de apariencias, buena parte del planeta acata el dogma de las vacaciones”.

Quizá yo, que interrumpo mis jornadas de reposo para escribir esta columna, no soy el más idóneo para hacer una apología a las vacaciones. Todo lo contrario: el concepto impuesto de descanso obligatorio es tan tirano como el de viajar con una cronograma al que hay que aferrarse. Si se supone que la intención es descansar, ¿por qué hay que ser esclavos de jornadas de turismo o “diversión” tan estrictas como una rutina laboral?

En todo el mundo se habla de temporada alta y temporada baja. Es decir, hay un periodo del año en el que todos se ponen de acuerdo para trasladar el estrés de sus oficinas a las playas. ¿Significa esto una pausa que permita la reflexión y evaluar situaciones tan importantes como si ir o no al Cielo? Nada que ver. Es una paradoja tan absurda que las personas se vuelven esclavas de nuevas rutinas y conflictos ante la necesidad de cumplir con la exigencia social que pide simular descanso. En esta sociedad, suele ser más importante fingir felicidad que ser feliz.

Navidad es otra representación de lo anterior. ¿Alguien recuerda el sentido religioso de la fecha? Eso quedó bien enterrado. Pintar el cuadro de la familia unida, exigido por los ejecutivos de marketing, es una carrera tan desenfrenada como las competencias en Wall Street. Quien habló de capitalismo salvaje se refería a la Noche Buena.

Acaso es, entonces, en el último día del año, en medio de celebraciones, cuando las personas se cuestionan cosas que deberían cuestionarse cada tres meses, al menos. Solo ahí se hace una verdadera pausa, que dura a penas segundos, y que desemboca en promesas tan honestas como inscribirse en el gimnasio. La astucia para el autoengaño es tal que esa parte del acuerdo por lo general se cumple. Lo que nunca se aclara es que asistir al gimnasio no estaba implícito en la promesa.

Desconectar es la mejor manera de asumir el mundo con una energía renovada. El descanso existe para ayudarnos a trabajar mejor. En diversos sitios del mundo, la idea está calando: hay empresas que empiezan a construir salones de siestas, porque después de 20 minutos de sueño todo problema luce menos desafiante.

El asunto no tiene que ver nada más con recobrar energías, sino con redirigir esfuerzos. Alejarse del ruido cotidiano para escuchar las notas que día a día se nos escapan ante el ajetreo. No se trata de parecer descansados, sino de procesar con calma cada cierto tiempo todo lo que nos está pasando. En la vida no existen guías efectivas sobre cómo vivir, cada quien construye la suya. Por eso, para evitar perder horas y horas en un tránsito sin sentido, es mejor pararse 20 minutos, cada cierto tiempo, a preguntar(nos).


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