jueves, 7 de julio de 2016

REFLEXIONES DE UN ESCRITOR EN EL METRO

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

Senderos del éxito es una columna que tiene como objetivo despertar una conciencia de emprendimiento en los lectores. Lizandro Samuel es un narrador y cronista joven, con una mirada fresca e innovadora, con energía positiva que va abriéndose camino en el país. Luna Azul Ediciones presente su artículo de hoy, en el que nos invita a ver un país desde la perspectiva de un túnel cuyo recorrido es obligatorio en la capital. Y nos advierte del peligro de dejarnos arrastrar por la mediocridad y la dejadez:

 “Cantar es embaucar, es hacerle creer a la gente que los pajaritos pintados en el aire por fin aprendieron a volar”, Alberto Salcedo Ramos.

El aumento de la mendicidad en Venezuela es digno de un reportaje. Mientras la comida escasea, las formas para tratar de conseguir dinero se multiplican. El fenómeno se ha expandido en el Metro. Vendedores ambulantes, pedigüeños y personas que no sé si llamar “artistas”, van de vagón en vagón ensayando maneras de ganar unos billetes. El subterráneo se trasformó en un Wall Streat falto de glamour. La competencia es feroz.

Un día vi a un hombre con un bebé en los brazos junto a quien se supone era la madre del niño. Alegó que habían padecido un robo, eran de Maracay y necesitaban comprar los pasajes para regresar a casa. No hizo falta que diera más explicaciones, un bebé era argumento suficiente. Hasta algunos billetes de 100 bolívares recibió la pareja.

Varios meses después los volví a ver. ¿Cuánto tiempo llevaban varados? ¿El pasaje era para Maracay o para Madrid? El discurso bien mostrado se cayó a fuerza de una imperdonable repetición. Esta vez, fui testigo de otra historia: el engaño que sufren los inocentes. De nuevo, el bebé como argumento rindió frutos. Dicen que la misma mentira no se debe contar dos veces, pero si cambian los engañados se imita el efecto original. Yo solo fui una excepción dentro de su trampa.

Usar el Metro también es una forma de aprender a escribir.

Los mejores vendedores se casan con una señorita llamada Aida: atención, interés, demostración y al cierre. Estas también son las estaciones por las que se pasea en un texto. El arte no tiene fórmulas fijas, aunque hay estrategias que ayudan. Con el invento de la escritura nació lo que conocemos como “historia”. Solo Jesucristo y la palabra escrita han logrado dividir la narración del mundo en dos grandes tomos. Como dominar al hijo de Dios no parece viable, quien sepa usar las palabras se convierte en el gurú del reino.

Revisemos a la pareja. Su estado andrajoso irrumpió en el ambiente. A la fuerza, tomaron la atención de los pasajeros. El interés lo generaron con el niño en brazos. ¿Qué hacía ese bebé en un típico contexto de pedigüeños? Así lograron romper el lugar común de los que solicitan “una ayuda”. El bebé también sirvió de demostración de sus palabras: habría que ser muy degenerado para someter a un infante a semejante incomodidad por gusto. El cierre fue el de siempre, pero venía reforzado por el clima logrado: pidieron plata.

La historia que crearon a varias personas les pareció real aunque no lo fuera. En narrativa a eso se le llama verosimilitud. Sin importar lo que se cuente, hay que atar suficientes cabos como para que cada palabra resulte lógica.

Escribir tiene algo que ver con manipular.
El venezolano tiene fama de sacar chistes en medio de las condiciones más lamentables. Y en entornos poco propicios para la risa. En vagones sin aire y con retraso, un dueto se montaba a parodiar canciones. Uno tocaba la guitarra acústica y el otro cantaba con un dejo de comicidad. Así, copiando un scketch de YouTube, transformaron Travesuras de Nicky Jam en esto:

Hola, bebé
ya que contigo no sirve la labia
y te crees muy sabia
pero vas a caer
te lo digo mujer.
Dime si conmigo quieres vender verduras
que la cosa está dura
y a punta de verduras
yo te puedo mantener.

Asimismo, cambiándole la letra a una canción de Chino y Nacho, se quejaban de la escasez; luego, parodiando una transmisión de Venevisión, le preguntaban a algún pasajero: “Dígame, señor, ¿desde cuándo no se come una arepa?” El acto contaba con un par de cosas más que cortaban el aire aburrido del tren. Las risas merecían algunos bolívares.
Casi tres años después de la primera vez que los vi, siguen repitiendo exactamente la misma rutina.
El dueto se dividió y formaron otros “grupos”. Al guitarrista original –quien también vende chuchería de vez en cuando o  canta baladas– ahora se le ve con un vocalista que rota cada cierto tiempo. Por su parte, el primer vocalista que escuché ahora cambia de guitarrista en cada jornada. Lo único que permanece inalterable, desafiando al budismo y su anicca, es la rutina que, la primera vez que se presencia, da risa; la segunda, tal vez un poco; la tercera, clama innovación. En estos momentos, perdí la cuenta de cuántas veces he sido testigo de la misma.

La decadencia del país también se manifiesta en estos entretenedores informales. Recuerdo que hace años había un par de raperos que improvisaban en el tren. Decían cosas graciosas y, debido a que me conseguí con ellos varias veces, puedo afirmar que su improvisación era genuina. Ellos dieron paso a otras voces de este género que repetían los mismos versos en cada vagón. Había uno delgado, flaco, con cola de caballo en el cabello, que solía adaptar las mismas rimas. Así, siempre había una chica que “peleó con el peine y el peine le dio una pela”, un tipo que parecía “gerente de un puesto de perro calientes”, o “un pana hablando por el celular, para mí que está haciendo el paro porque en el Metro no hay señal”.

Tal como con los clichés de Hollywood o los “cantantes urbanos” de moda, siempre hay alguien que resulta engañado y suelta unas pocas monedas. Pero eso no maquilla lo patético del acto: plagiar a otros es bajo, pero plagiarse a sí mismo es mediocre.
Quienes quieran comprender a un país deben adentrarse en sus vías y medios de transportes. El Metro explica Caracas. La pobreza de una ciudad en la que pululan mendigos se muestra en vagones llenos de actuaciones incomodas en búsqueda de dinero. Los que venden productos se rebuscan ofreciendo ofertas y se pisan los pies entre ellos: hubo una época en la que parecía que Mentos patrocinaba a los trenes. Y, claro, están los que deben inventarse las mejores historias para justificar el reclamo de una ayuda económica. Las variaciones en ese rubro son muchas. Ya los robos psicológicos de tipos que decían haber salido del Rodeo y preferían pedir que robar se acabaron: entre la sangre y la impunidad, se necesita una pistola para poner a temblar a un caraqueño. Se adolece de falta de creatividad. Cada vez son menos los que se conectan con el mercado, su público, para identificar que los usuarios están sobreexpuestos al mismo tipo de información. Lo peor que le puede pasar a alguien que necesita seducir es no ver más allá de su ombligo.

Este ha sido el artículo de esta semana de la columna Senderos del éxito, de Lizandro Samuel. Desde Luna Azul Ediciones te motivamos a emprender con excelente. Te ofrecemos nuestros servicios editoriales para potenciar los resultados positivos de tu emprendimiento.