jueves, 14 de julio de 2016

LA HONESTIDAD DEL CREADOR

LUNA AZUL EDICIONES

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO, CON LIZANDRO SAMUEL


Prepárate, en breve comenzarás una lectura de alto valor. Una reflexión que pone en relieve un principio fundamental en el arte. Luna Azul Ediciones, a través de esta columna, te ofrece la oportunidad de contemplar, gracias al talento de Lizandro Samuel, un aspecto que puede hacer la diferencia en tu carrera como escritor, e incluso en tu emprendimiento.

Me gusta contar con la aprobación del público, pero no hago películas para obtenerla” 
Woody Allen.

De niño tenía afición por las historias clichés en las que un chico tímido conquista a la muchacha guapa. Mi introspección me hacía identificarme con personajes tan retraídos como yo. La ficción era mi manual de vida. Antes de entrar a la adolescencia, ya había identificado el patrón bajo el que funcionaban algunas series para jóvenes y películas de Hollywood. Sentía cierta apatía hacia el cine, incluso. Mucho habrán ayudado mis lecturas a Ernest Hemingway, Mark Twain, Alejandro Dumas, Charles Dickens y Homero. Cuando aparecieron los primeros síntomas de acné, el “vivieron felices por siempre” ya me resultaba insulso.

Mark Oliver Everett escribió uno de los mejores libros que he leído: Cosas que los nietos deberían saber. Ahí, en su autobiografía, el músico cuenta cómo siempre ha chocado con los estándares comerciales de la industria. Para él, hacer música es un ejercicio de honestidad: “Lo que me gusta de John Lennon, e incluso de Elvis Presley, es que eran unos tipos tan inseguros que, a mi parecer, eso fue lo que los convirtió en artistas tan perfectamente humanos.  No importa cómo tocaran: uno siempre se quedaba con la sensación de haber escuchado algo verdadero y humano. Si pones un disco de Elvis, incluso uno de sus peores (o en particular uno de sus peores), puedes escuchar toda su vulnerabilidad rezumando de sus grietas. La mayoría de los artistas cool de hoy en día no transmiten eso. Están demasiado ocupados siendo cool”.

Hace poco May terminó de leer Una vida demasiado corta, de Ronald Reng. Cerrar el libro significó abrir sus reflexiones. ¿Había experimentado ella una depresión? Al parecer, sí. Hace seis años vivió una manifestación leve de esa enfermedad. Las preguntas se sucedieron como páginas: ¿qué la desencadenó?, ¿cómo salió de ella? En el epílogo del texto, el escritor español aclara que parte de su intención era suscitar reflexiones sobre un tema tabú. Abordó la historia de una figura pública desde una perspectiva humana, sin rozar si quiera los espejismos que construye el marketing. Es decir, escribió con honestidad. Al libro le salió boca y habló frente a sus lectores.

La honestidad es un componente indispensable en la creación artística. Esto no debe confundirse con “decir la verdad”. Tampoco es garantía en cuanto a la calidad del producto una vez acabado. Es solo crear sin ataduras, valiéndose de las emociones genuinas. Solo así es posible que el resultado final, si está bien logrado, se conecte con el público receptor. Quizá hasta trascienda.

Hace un par de años, una conocida me tildó de insensible. Yo resultaba indiferente ante las cosas que a ella la hacían soltar suspiros. La afirmación me divirtió: venía de alguien capaz de botar lágrimas oyendo a Romeo Santos. ¿No se daba cuenta de que todas sus canciones eran la copia una de otra? Por su puesto que no: sus emociones eran verdes y propensas al engaño. Le faltaba leer mucho, escuchar otra música y ver verdadero cine. Entre otras cosas, el arte existe para hacernos madurar.

“Más fácil que quitarle un dulce a un niño” es un dicho que se burla de la ingenuidad infantil. A un bebé, intuye la frase anterior, basta pedirle prestado su chocolate para robárselo. La experiencia hace que eso resulte cada vez más complicado. Si un desconocido te para en la calle y te ruega que le prestes tu iPhone para hacer una llamada desde su casa, tú sonríes y piensas: “Yo ya no soy chiquito”.

Desde que los seres humanos tienen formas de comunicarse entre sí, la narrativa ocupa una posición privilegiada. Impera la necesidad de transmitir historias. Las mismas contienen el mejor de los aprendizajes: la vivencia. Los consejos –libros de autoayuda, por ende– son como la ropa que se encuentra en la calle: te puede servir o no. Y la mayoría de las veces es probable que no te quede o no te guste o no vaya de acuerdo a tu estilo. Asistir a una historia bien narrada, por el contrario, es ir de compras a un almacén: agarras lo que te sirva, lo que no lo desechas; y si no te gusta nada, te vas, habiendo disfrutado de un paseo agradable.

Consumir historias, de ficción o no ficción, es una forma de sumar experiencia desde el sofá.

Eso solo aplica cuando el producto fue creado con honestidad. La industria es macabra. Pulula la creencia de que la gente es idiota, por eso hay que aprovecharse de su idiotismo. Para algunos ejecutivos, hacer dinero es más fácil que quitarle el dulce a un bebé. ¿Saben los lectores hasta qué punto está avanzando la tecnología? Hay softwares que escriben libros. ¿Es viable que la experiencia de una máquina sea transmitida a una persona? No. Estos programas se valen de fórmulas conocidas para posicionar cierta clase de títulos ante un público especifico. Mientras Donald Trump genera debates en el mundo, el Reino Unido escogió el Brexit como destino y las corrientes de izquierda latinoamericanas se mancharon de corrupción, en el siglo XXI pareciera haber muchas razones para justificar la ofensiva creencia que cuestiona el intelecto humano. Pero esta controvertida especie siempre encuentras maneras de sorprender.

Es difícil no conmoverse oyendo La vaca mariposa o Caballo viejo. Tienen vigencia aun en una época que mira con desdén la música llanera y en una generación que definió los ritmos urbanos ligándolos al reguetón. Simón Díaz encontró las palabras más sencillas para hablarle al mundo. Y el mundo se conmovió. La muerte del cantante contrasta contra la inmortalidad de su obra. Hay miles de ejemplos de este tipo: hace 400 años murieron Shakespeare y Cervantes, pero hoy día se siguen estudiando sus creaciones, las cuales continúan sirviendo de inspiración para el desarrollo de nuevas obras en todo el mundo y en todas las lenguas. Pero, luego de su boom inicial, ¿quién anda leyendo todavía Twilight o Cincuenta sombras de Grey?

Mientras decenas de comerciantes se hacen pasar por artistas del cine, la literatura, música y demás, un grupo de personas se esfuerza por expresarse sin fingir poses de alfombra roja. Son los únicos que pueden aspirar a hablarle a la gente a través de sus creaciones.

Tengo vecinos que desafían mi paciencia mediante Farruku o Romeo sonando a todo volumen. Cada fin de semana, hay una canción de moda que no me deja dormir. Rara vez la misma que suene hoy se repetirá dentro de seis meses. Pero mientras escribo estas líneas paladeo Imagine a la distancia. La honestidad de John Lennon conversa con el mundo 26 años después de su partida.
           
Este ha sido el artículo de esta semana. El próximo jueves podrás seguir encontrarte de nuevo con Lizandro Samuel, a través de esta columna. Te recordamos que durante este mes tenemos entre nuestros servicios editoriales una oferta especial en el servicio de redacción, si quieres conocer ese servicio, haz clic AQUÍ.