domingo, 17 de julio de 2016

ESE FETICHE DE QUERER SER INMORTALES (II)

LUNA AZUL EDICIONES


COLUMNA: INQUITUDES, CON RICHARD SABOGAL


Desde su sitial de editor, Richard Sabogal aborda una de las grandes inquietudes de todo escritor, rozando la situación del país en relación a la literatura y los actores que intervienen en ella. Luna Azul Ediciones hace eco de sus palabras y trae la segunda entrega de esta columna:

Camilo José es un joven poeta, tiene apenas veintidós años, desde que tiene uso de memoria siempre ha sentido atracción por escribir; sus profesores le alabaron sus creaciones en la escuela, ganó algunos concursos pequeños y hace poco obtuvo un premio en España con su poemario “Con la lágrima me despido”. Vive en Colombia, quiere publicar su primer trabajo, las grandes editoriales le apuestan poco al género, las de autoedición producen mínimo 500 ejemplares. Una suma muy alta que al cambio le resulta en unos pocos miles de dólares, además de quedarse empastelado con un tiraje enorme, pocos le conocen, hay editoriales pequeñas que podrían publicarlo pero no las conoce, Camilo se frustra y se rinde. Como él hay muchos escritores, unos con talento, otros que escriben para sí y los puristas tomarían por mala literatura.

 Países como Colombia, Argentina, España, son terrenos donde el mercado editorial es poderoso, pero no es fácil llegar a publicar, más si eres joven, novato, ingenuo. Aunque hay que reconocer que tienen una ventaja: Amazon, o algunas empresas similares donde pueden editar su libro, autoeditarse, corregir, maquetar todo lo hace el mismo autor y si no se documenta bien puede haber un mal resultado; pero están las empresas que se dedican a esto, o personas, correctores de estilo, diseñadores. Es decir, buscan distintos profesionales del ramo para que hagan un libro. La gran mayoría de escritores no saben esto, ellos solo saben escribir, mayormente son malos para los negocios, les falta esa malicia, y para publicar un libro y tocar las puertas correctas es necesario tener cierta chispa de negociante. A lo que quiero llegar, para dar cierre a esta idea, es que el sectarismo para los jóvenes autores en países fuera de Venezuela, donde irónicamente hay grandes motores editoriales es enorme, no cualquiera publica, sin importar que tenga obras talentosas, los autores se sienten silenciados. Son necesarias las puertas de propuestas que vayan a esos autores desfavorecidos y silenciados, Argentina tiene algunas editoriales de autoedición, pueden imprimir a partir de cien ejemplares, ediciones muy bellas, pero algo costosas. La cuestión a veces no es cerrarse como ostra sino tocar las puertas, no parar de buscar, ser Pepito Preguntón. 

Ahora bien, los escritores tenemos el fetiche de no querer ser olvidados. Siempre viviremos en el libro que dejamos, podrán pasar los años, nos iremos de este plano, partirá nuestra generación, pero en algún punto alguien tomará nuestro libro y lo puede disfrutar como lo puede odiar, ahí puede que varíe el sentimiento, pero de un modo u otro estaremos vivos. Presentes. La idea es escribir buscando y no buscando la inmortalidad ¿cómo así? Pues no es escribir para que otros nos lean, pero sí esperamos que nos lean ¿cierto? Debemos escribir para nosotros mismos, lo que nos conmueve, lo que nos toca de verdad. Allí surge lo más hermoso, aunque podemos escribir del tema en boga, lo que conmueve. Hubo un atentado y esto genera mucha demanda de prensa, escribimos una historia sobre el tema o si nos inspira una novela o un poema. La idea es encender el switch del pragmatismo y hacer lo que nos apasiona, hacerlo bien, educarnos siempre, practicar todo el tiempo y enfocarlo en lo que busca leerse, pero a nuestro estilo, de la manera que nos da buena vibra. Si la inmortalidad llega pues, qué bien. La perseverancia es la herramienta para alcanzar cualquier meta, no importa si nos caemos cada dos metros. Hay que seguir, al final se consigue el resultado, la cuestión es jamás rendirse. Tal vez así podremos satisfacer el fetiche de no ser olvidados, ego que tenemos todos los que hacemos historias. 

Namasté

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