jueves, 30 de junio de 2016

SIN TIEMPO PARA LEER

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)
            Esta columna está dirigida a escritores y emprendedores. La intención es dejar pistas que permitan que cada escritor y emprendedor puedan mantenerse en el camino del éxito. Luna Azul Ediciones se dedica a ofrecer servicios editoriales, que incluyen la orientación y acompañamiento, corrección de manuscritos, diagramación y diseño de portada. Nuestras columnas pretenden ser de ayuda para nuestros seguidores. Si este artículo genera en ti alguna inquietud o te resulta de beneficio nos gustaría saberlo.

“Aquel que depende de la suerte siempre hallará una excusa para su mediocridad”
F. Davis.

Es irónico conocer a alguien en una tasca que diga que no tenga tiempo para leer. La situación se convierte en un sketch si esa persona, además, manifiesta su intención de ganar la próxima edición del Premio Planeta. Julián estaba junto a su pareja y pasaría cerca de cinco horas bebiendo tragos y engullendo pizzas. Apenas me dio la mano empezó a hablar sobre su novela. ¿Me habrá visto cara de editor? Yo le vi rostro de ingenuo.

            Repetí uno de los consejos de Stephen King, expuestos en Mientras escribo: si no tienes tiempo para leer, probablemente no tengas tiempo, ni herramientas, para escribir. Julián bajó la cabeza mientras Melani, su novia, ponía cara de sermón encajado. Dos semanas después, el ambicioso novelista leería un fragmento de su obra. Tres amigos y su hija mayor nos dedicamos a señalar lo que no nos convencía. Melani hizo mute, obligada ante una mirada de su novio. Julián se defendió de nuestras críticas con ánimo espartano. Por mí la discusión podía alargarse un rato más: todos estaban tan distraídos en un debate insulso que apenas y notaban la rica bandeja de dulces fríos que había traído la hija del “agraviado”. Tras comerme la mitad de los manjares, Julián seguía defendiendo su trabajo. Pasarían varios meses antes de que lo volviéramos a ver.

            Asier Cazalis, vocalista y compositor de Caramelos de Cianuro, explicó en una entrevista que cuando la banda se formó ellos estaban en contra de la lloradera que marcaba el rock nacional. Eso de que “aquí no se puede vivir de la música”, “acá la gente no escucha rock”, etc., etc., etc. Esas excusas encuentran sus variantes para justificar el no emprendimiento de cualquier modo de vida relacionado al arte; incluso, para disuadir a alguien de estudiar ciertas cosas: los periodistas y docentes, por ejemplo, son famosos por morirse de hambre, aunque en el acta de defunción nunca se hable de la carrera como causa de fallecimiento.

            La excusa del país en el que se nació, la falta de tiempo y –mi favorita– los caprichos de la musa, para explicar el desgano, son la cháchara de los condenados a estar todas las noches en una tasca soñando con ganar el Premio Planeta.

            Julián compró un kilo de madurez y reapareció. A los meses, completó su primer taller de literatura. Le dolían las críticas, pero llegó al final con el ánimo blindado por el apoyo de sus compañeros. Lo auparon a dar otro paso: se inscribió en un costoso diplomado de narrativa. Luego de un mes de clases, nadie lo volvió a ver en las aulas. Pasé varios meses sin saber de él hasta que uno de sus compañeros de trabajo me contó que había encontrado el pretexto para no tener tiempo: Melani y él sumaron una segunda mujer a la relación. El trio de novios se instaló a vivir juntos. Julián ahora sí tenía una gran historia que contar, pero no poseía tiempo para leer. Lo último que supe es que, tal como ha sido desde que lo conocí, estaba reescribiendo su novela. Cual maestro de las excusas, Julián tejió la mejor de todas: nunca termina su libro y así se ahorra el dolor de ser revisado.

            Dice el axioma que todo buen escritor fue antes un buen lector. Me llevo bastante mal con las convenciones sociales y las sentencias absolutas, pero hasta ahora no he encontrado el más mínimo indicio que me haga rebatir la anterior. Cobardes sin remedio, la retórica es el recurso del que necesita explicar por qué no se animó a fracasar. El mundo del arte está lleno de estos especímenes. Van por ahí seduciendo a hombres y mujeres con palabras roídas, hablando de creaciones con aires de críticos y quejándose del país y de la época en la que nacieron. O esperando el llamado divino de la inspiración: como su mentira nunca acaba, alegan que la línea telefónica entre el plano extrasensorial y el mundo en el que vivimos es tan abstracta, que las pocas veces que han atendido el teléfono no entienden el murmullo de la musa.

            Recuerdo a Julián atribuyendo a la suerte el éxito de algún conocido y desprestigiando los logros de un autor consagrado. Dentro de su grupo de amigos ha servido de ejemplo de cómo no progresar. Lo adoran, por supuesto, pero lamentan no disponer de más tiempo para verlo: cuando llega la hora de ir a la tasca, prefieren encerrarse a leer.