jueves, 23 de junio de 2016

ENTRE LA REBELDÍA Y LA IRRESPONSABILIDAD

Luna Azul Ediciones

COLUMNA: SENDEROS DEL ÉXITO

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

            El día 21 y 22 los fundadores de Luna Azul Ediciones estuvieron en la capital de Venezuela, Caracas, presentando el proyecto editorial en la UCAB. También estuvo presente Lizandro Samuel. Fue una experiencia enriquecedora. El equipo de trabajo tuvo que cubrir algunos servicios editoriales para equilibrar la ausencia de los fundadores. Por esa razón, la columna Sendero del Éxito tuvo un retraso en la publicación. El texto de Lizandro es grandioso, esperamos que lo disfruten y lo compartan con sus amigos:

“Cada día nos enfrentamos a la tiranía de los mediocres”, Alejandro Jodorowsky.

Quinto año de bachillerato fue uno de mis periodos de liceísta más productivo: me la pasé jugando póquer y fútbol sala. En ambas actividades aprendí más que en muchos de los salones, en los que alguna vez un par de compañeros se pusieron a jugar béisbol para desquiciar al profesor de Premilitar. Creo que yo jamás hubiese llegado al extremo de batear pelotas de aluminio con pedazos de madera de una silla, mientras un docente explicaba el taller que realizaríamos a continuación. Mi rebeldía era menos agresiva: uní mi mesa a las de unos panas, alguien sacó unas fichas, y simulamos estar en Las Vegas.

El año anterior mi familia había atravesado una crisis económica. Me cansé de que hubiese tanto espacio en mis bolsillos. Entendí que los 17; 18; 19 y 20 que obtenía con facilidad podían servirme de algo: como tarjeta de presentación. Empecé a cobrar por hacer trabajos escolares. En dos meses tenía varios clientes. Necesitaba expandirme. A los cuatro meses dejé de ser autoempleado para convertirme en dueño de negocio: unas seis chicas se encargaban de hacer los trabajos y yo cobraba. Por su puesto, les pagaba por sus servicios. Casi un año después, tuve que hacer una asociación momentánea con dos amigos para cubrir la demanda de trabajos de matemática de todas las secciones de octavo, noveno y cuarto. En una semana vendimos decenas. El viernes nos reunimos en el baño a dividir el dinero. No recuerdo el monto exacto, pero en cinco días había ganado algo así como cuatro salarios mínimo.

Fue glorioso.

En el liceo en el que estudia mi hermana, les piden que desde cuarto año empiecen a trabajar el proyecto que defenderán al terminar quinto. Juli, más motivada a pararse en puntillas de pies en sus clases de danza que a abrir libros, escogió un tema que resultaría polémico: el lenguaje y sus transformaciones.

Haciendo el trabajo de campo para una crónica que espero publicar en los meses siguientes, una persona me aseguró que el talento es lo que camina entre la rebeldía y la irresponsabilidad.

Juli encontró trabas. La interrogante que la movía, a sus 15 años, era determinar si el lenguaje se encuentra “pervertido” por las nuevas generaciones. También qué papel juegan las groserías y cómo influye el Internet. Uno de los “maestros” a los que les presentó la idea le respondió que “ahí no hay nada que averiguar, los jóvenes pervierten el lenguaje, eso está claro”. La sentencia provenía de alguien que jamás había leído a Roberto Fontanarrosa.

El Negro, escritor rosarino, destiló coloquialismos en su pulida prosa. En el III Congreso Internacional de la Lengua Española del 2004, defendió el uso de las malas palabras. Le preocupaba más que un joven no supiese expresarse con claridad (“Tráeme eso que dejé ahí”, “Anda, acuérdate de hacer lo que te dije anteayer sobre el bicho ese”, “Búscate eso”) a que dijera mierda. Pero esa clase de debates están lejos de quien conoce más el nombre de los escritores que sus obras.

Juli, apabullada por la actitud de dictador militar del docente, en una extraña forma de interpretar el desánimo dobló la apuesta: desarrollaría el tema de la moral y cuestionaría los valores de sus profesores. ¿Se le habrá olvidado que en Venezuela la censura obliga a llamar “situación irregular” a una turba que deriva en linchamiento? Mi hermana estaba a punto de empezar a aprovechar las lecciones didácticas del bachillerato.

El talento es un rasgo individual. Los rasgos individuales son vistos con sospecha. Para ejercer el talento hay que salirse del molde. Eso genera desprecio y admiración. ¿Por qué se aplaude a Lebron James, Mario Vargas Llosa, Woody Allen y Mark Everett? Porque tienen la posibilidad de lograr cosas a las que solo un puñado de gente puede siquiera aproximarse. Para desarrollarse a ese nivel, tuvieron que pagar un precio.

Juli encontró fuerzas para explorar un tema que ha generado debates a lo largo de la historia. Hizo el trabajo y lo defendió. En su discurso, cuestionó a sus profesores, contrastó sus actitudes con varias teorías. La nota que obtuvo fue la misma que hubiese conseguido un policía joven que se quejara de la corrupción frente a sus jefes: 16. A la bailarina le quebraron el ánimo.

Cuando llegué a noveno año me aburrí. Más que eso, me asqueé. Estudiaba en uno de los mejores liceos de Los Teques, pero el sistema era muy previsible: uno más uno siempre era dos. Sin mucho espacio para aprender, lograr un promedio de 18 era ridículamente fácil para cualquiera que supiera memorizar y tuviera destreza para manejar un par de lugares comunes. Los favoritos de la clase solían ser los más dóciles, no los más creativos. Haz fama y acuéstate a dormir era un dicho que valía para todos. Descubrí a profesores que ni siquiera leían los trabajos de 40 páginas que pedían. Colocaban notas al azar, en función al prestigio del alumno. El verdadero aprendizaje estaba en cómo funcionaba el sistema educativo.

Para alguien que en su vida adulta se ha ganado la plata haciendo cosas relacionadas al fútbol y a la escritura, adquirir temple para no dejarse abrumar por el entorno era algo necesario. La antiortodoxia que regiría mi forma adulta de vivir tendría su génesis en mis últimos años de bachiller, cuando emprendí una osadía que me llevó cerca de caer en la irresponsabilidad: aprendí a manipular profesores para enfrentarlos entre sí, conseguí copias de exámenes y pasé las materias con suficiente holgura como para en el tercer lapso de quinto responderle al profesor de Castellano: “No me interesa hacer ninguna evaluación, ya estoy graduado”.

El camino que escogió Juli es una muestra de rebeldía ante el sistema. Ser uno mismo y desarrollar habilidades propias es revelarse contra la sociedad. Fuera del liceo, los obstáculos son mayores. Los riesgos, también. La mayoría de los 20 que se ha granjeado mi hermana le serán inútiles en el futuro; pero, luego de que hace poco levantara una queja en Subdirección, logrando una nueva revisión del trabajo que derivó en que le subieran la nota hasta 19, aprendió una lección que podría salvarle la vida.

Aunque la metáfora me llegó años después, entre los 14 y los 16 años entendí que rebeldía era solventar los problemas económicos de mi casa mediante una innovadora empresa, e irresponsabilidad era tentar mi suerte más de los necesario solo por el placer de sentirme más astuto que el poder.

Sé de, por ejemplo, profesores de Castellano que mandan a leer narrativa venezolana contemporánea en vez de esos ladrillos que asustan a los adolescentes, que hablan de la relación entre el cine y la literatura, y que le permiten a los alumnos explorar sus áreas de interés y asociarlas con el programa educativo. Son rebeldes dentro del sistema. Una de mis citas favoritas en la adolescencia fue la de Albert Einstein: “Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación arreglada”. Supongo que lo es tanto como en el hecho de que en el mundo hay personas que logran ser felices.

Después de cinco años en bachillerato, puedo decir que creo en los milagros.


Esperamos que este excelente relato les permita encontrar perlas indispensables para el éxito. Entre nuestros servicios editoriales ofrecemos el acompañamiento, también una serie de paquetes y promociones que te ayudarán a potenciar tus negocios y alcanzar tu éxito.