lunes, 26 de octubre de 2015

La rivalidad entre los escritores y los correctores.

En el mundo literario existe una rivalidad latente entre escritores y correctores, auspiciada particularmente por la creencia de que los correctores/revisores/editores son escritores frustrados. Nada más alejado de la verdad, porque es más probable que un corrector lleve a feliz término una obra propia a que un escritor (que solo se dedica a escribir) pueda asumir al 100% un proceso completo de corrección.
 Con esto no busco desestimar el trabajo de ninguno, por el contrario, hoy escribo particularmente desde el punto de vista de ambas partes. Como escritora, comprendo el proceso creativo y todo lo que conlleva el escribir: la construcción de la historia, el desarrollo de los personajes, el marco histórico y ambiental, el nudo o razón de la novela. Cada libro necesita de una dedicación exclusiva y casi absorbente de todas tus capacidades creativas. Pero aún así, incluso el escritor más prolijo y dedicado, con amplios conocimientos de gramática y ortografía, necesita siempre una visión de un tercero que note esos errores que él no ha notado; no porque no pueda, sino porque como autor, está demasiado cerca de la obra como para ver las fallas, es como ese hijo amado y malcriado al que los padres no pueden ver nada malo. Muchos dirán que para eso están los lectores beta, pero aún así, la comprensión global necesaria para encontrar la gran mayoría de las fallas (no olvidemos que los correctores son humanos y no máquinas infalibles) no la posee aquel que lee con carácter recreativo.

Es por esto que los autores deben recurrir a los servicios editoriales de corrección, aunque sea una corrección orto-tipográfica que le de mayor formalidad a la narración, el corrector puede garantizar una obra de mayor calidad, y eso se traducirá en mayores ventas y mejores críticas.

Creo que, desde mi visión como escritora y correctora, puedo decir que el mayor problema que existe es el egocentrismo: Los escritores nos sentimos superiores por el hecho de que creemos que nadie puede escribir como nosotros, o por el simple hecho de escribir somos más inteligentes, poseemos una sensibilidad que nos diferencia del promedio o alguna paparruchada similar; y noten que usé el término en plural, porque no puedo eximirme de lo dicho anteriormente, a veces me cuesta encajar las criticas incluso cuando son de talante constructivo. Lo que más me ayuda es el haber entrado al mundo editorial por el otro lado; el conocimiento que he adquirido con los procesos editoriales me ha permitido comprender que no somos infalibles, y apenas finalizo mi obra y le hago la primera lectura correctiva, se la paso a otros correctores para que me ayuden a ver eso que yo no puedo ver; porque como autora, nunca tendré la objetividad para aceptar esas fallas que todo autor presenta y que son normales.

Ahora, desde el punto de vista de los correctores, también nos inflamos con el proceso, es difícil no hacerlo cuando te encuentras con manuscritos que están llenos de errores ortográficos, gramaticales o de construcción básicos. Con el paso del tiempo los revisores pueden perder el tacto, y envanecerse con el hecho de que su trabajo es impecable y es uno de los mejores en el mercado. Esto también es un llamado de atención para ellos, a veces no tenemos la delicadeza suficiente para decirle a un autor que su obra no cumple los parámetros que cree que cumple; es decir nos olvidamos del respeto.

Espero que esta entrada sirva como un llamado de atención para ambas partes, somos muchos los escritores/correctores, por lo tanto tenemos que poseer la habilidad para ponernos en ambas perspectivas y con ello, fomentar, con nuestros clientes cuando somos correctores y con nuestros revisores cuando somos escritores, una relación de mutuo respeto sobre nuestro trabajo.

Johana Calderon
Correctora/Editora de Servicios Editoriales Luna Azul (SEDLA)